Crónica del concierto de Crocodriles en Tomavistas Ciudad – El ‘riff’ impostado (aquello de cumplir expediente)

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El ‘riff’ impostado (aquello de cumplir expediente)

 

TOMAVISTAS CIUDAD:

COCODRILES + RAYO

Viernes 27 de septiembre de 2019

Independance, Madrid

 

 

El impacto del festival Tomavistas se prolonga en un siempre apetecible ciclo de conciertos durante el resto del año en lo que viene a llamarse el Tomavistas Ciudad. En este caso con conciertos en sala y combinando su personal sello artístico a la hora de seleccionar bandas internacionales con nombres nacionales (a veces emergentes, a veces consolidados). El estreno de esta nueva temporada venía con plato fuerte: rock potente con sonoridades oscuras y lacerantes, los californianos Cocrodiles, en esa extensión de Joy Division y que en su último disco, ‘Love is Here’ (Deaf Rock Records, 2019), suenan mucho a unos The Black Keys en una clave más británica.

   El concierto de Cocrodiles fue sobrio pero imponente. Se centraron en este último disco y sonaron rugosos, ruidistas. Con mucha pose de malote ahumado, gracias a esos cañones de humo, y con un aparente patrocinio de Dr. Martens: todos llevaban tal calzado. Mucha pose y mucho ruido, en esa onda tan The Jesus and Mary Chain: riffs envolventes, atmósferas opresivas, y rock and roll libre con bases y artilugios varios. Les avalan siete discos que prolongan ese rock de tintes oscuros, acoples y mucha densidad. Todo ganaba en texturas cuando sonaron su dos grandes hits: “Mirrors”, “Stoned to Death” o “Marquis de Sade”. Pero también con temas más recientes como “Heart Like a Gun” o el rollo acelerado de “Love is Here (The End is Near)”. En los bises recuperaron un clásico de su disco de début “I Wanna Kill”, cargado de rotundidad a base de fiereza, acoples o efectos de secuenciadores. Proyectando la sombra de los hermanos Reid. Escocia siempre dio sus frutos musicales, y su sombra es alargada.

Un repertorio corto, tan solo catorce temas, que cumplió las expectativas del respetable. A mi gusto fue un concierto al que le faltó vibración. Hubo mucha actitud, distorsión y pose. Pero a las canciones pese a que salieron danzantes, les faltó magia. No me gustó nada esa actitud de venir a cumplir, y de gafas de sol de aparienbcia ‘malote’. No dieron en el clavo con esa presencia entre lo ‘chulesco’ y la desgana. Demostraron que les faltó conexión y empatía con el publico presente. Me dijeron que no probaron sonido y que venían forzados. A eso se le llama “falta de mojama”, en otros lares. Quizás habría que verles en otro contexto o en otras circunstancias, pero el resultado dejó un poco a medias. Fue digno pero no mereció grandes alabanzas.

Les telonearon la banda (nacional y femenina) Rayo, con un sonido muy potente y muy buena puesta en escena, analizaba la capo del pop, Sandra Roncal. “Las líneas de bajo muy chulas y nada simples, y juegos solventes entre las melodías y ritmos de las dos guitarras, y una batería contundente. A destacar la bonita voz de la segunda guitarra. Se nota la experiencia de las cuatro componentes, pero también aún les falta un poco de tiempo juntas: al principio hubo canciones en las que no sonaban al unísono (bajo, batería y guitarras iban desacompasados). Al final ya sonó todo muy compacto. Se ganaron al público, que se movía al ritmo de las canciones. Como curiosidad los padres de Ágata (la cantante) antes del concierto le confesaron a su hija que ellos se casaron en esa misma sala, antes de ser sala de conciertos”. Parafraseando a los Cocodriles, el amor siempre está ahí.

 

Por Andrés Castaño

 

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