CRÓNICA: “DON JUAN TENORIO” DE BLANCA PORTILLO EN EL TEATRO CALDERÓN DE VALLADOLID

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El mito desmitificado
A don Juan Tenorio le han arrebatado la máscara del rostro, como él hace con su padre después de escuchar este las tropelías que su hijo cometió por esos mundos de Dios. Tenorio ya no disfraza sus palabras, ni sus hechos, con lírica que llegue a confundir al oyente. Tenorio habla claro. Blanca Portillo le hace hablar claro y despoja al galán de sus vestiduras para mostrárnoslo tal y como es. Es decir, como un ser marginal sin respeto por nada ni por nadie, un ser cruel que desprecia vida propia y ajena.
En esta magnífica versión, la directora madrileña nos acerca la figura del Don Juan para borrar el don de su apelativo y mostrarnos al Tenorio que huye de sus miedos y vacíos más absolutos y nos presenta al ser que desprecia todo y a todos. Abandona el estereotipo de héroe y galán y se convierte en el antihéroe por excelencia. De hecho él mismo se jacta de sus hazañas en el recuento de asesinatos y mujeres mancilladas, sin mostrar arrepentimiento alguno, sino más bien al contrario.

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Escenografía sencilla y funcional, donde un par de plataformas acometen su juego con fluidez, transformándose bien en mesas, bien en camastros, o ventanales y en el fondo paneles-plancha de madera que giran sobre su eje, marcando claramente los espacios donde se juega la acción, bien delimitados por un perfecto juego de luces.
Figuras de negro acompañan en muchos momentos, marcando el ritmo de las escenas y representando esas sombras que asfixian a D. Juan acechándole como fantasmas.
No solamente ha sido destripado el personaje protagonista, todos los demás han sido diseccionados en profundidad, creando intrahistorias que ayudarán o provocarán a D. Juan, para matizar y dejar claras sus acciones. Podemos entrever, por ejemplo, la violencia que ejerce el padre sobre él y que presumiblemente ejerciera también en su infancia, de ahí el comportamiento de Tenorio hijo.

Todos y cada uno presentan oscuridad en sus comportamientos, incluso el mito de Brígida se cae por su propio peso, dejando al margen el lado “pícaro” con el que se le ha dibujado normalmente, tildándola de Celestina o simple casamentera, para convertirse en otro personaje sin alma ni escrúpulos, capaz de todo para obtener provecho y satisfacción.

Solo Dña. Inés se salva de este oscurantismo, convirtiéndose en el personaje de inflexión para D. Juan y el que arroja un poco luz a todo este maremágnum de latrocinios.

Los cambios de escena se realizan a telón abierto, bien coreografiados y ayudados con música, donde una mujer embarazada va cantando y contando el devenir de los acontecimientos. Mujer que se la utiliza como otro símbolo dentro de la historia, representando esa figura materna ausente o incluso esas mujeres que D. Juan dejó embarazadas y esos hijos supuestamente perdidos a lo largo de todo su espinoso camino.

Quizás esta parte es la que más repetitiva resulta, haciendo que decaiga el ritmo y la obra se hace un poco cuesta arriba. Puede que hubiera ayudado un descanso para aligerar las dos horas y media de espectáculo y haber ahorrado un cambio de escena con la consiguiente canción. Aunque Eva Martín, la cantante que pone voz a los eslabones de las escenas, lo hace muy bien. Aún así la obra no se hace larga ni mucho menos, mantiene un ritmo ágil y la cantidad de acciones que se suceden en escena, obliga a mantener la atención todo el tiempo sin distracciones.

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Espectáculo contemporáneo para el espectador del siglo XXI, que no va a dejar indiferente a nadie, donde el debate está abierto y unos defenderán el mito del drama religioso y otros aplaudirán esta versión más trágica del protagonista (a la que me uno) donde se subraya y de qué manera, la no salvación de D. Juan, ya que no puede tener salvación posible debido a todas las tropelías cometidas. Incluso él mismo, en el momento de la indulgencia divina, rompe la cuarta pared y no da muestras de arrepentimiento alguno.

Soberbio espectáculo teatral, el ofrecido por su directora Blanca Portillo, donde como no podría ser de otra manera, sobresale José Luís García-Pérez encarnando el personaje de D. Juan Tenorio, con un magnífico trabajo gestual y mejor voz, ya que su registro de voz rota cuadra perfectamente con el personaje. Magnífica también Ariana Martínez dibujando una Inés limpia y pura, destacando su extremada candidez. Joven actriz de la RESAD (Real escuela superior de Arte dramático de Madrid) que no desentonó ni mucho menos frente a actores con más tablas.

Mención aparte, merecen también Alfredo Noval y Raquel Varela, egresados de nuestra ESADCyL (Escuela de arte dramático de Castilla y León) en esta primera incursión en el terreno profesional en una producción de este calibre, donde se defendieron de forma magnífica, dibujando perfectamente sus personajes.

Espectáculo pedagógico, donde el espectador sacará sus propias conclusiones, aunque creo que Blanca nos lo ha dejado completamente claro.

 

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