Las mil caras de CreaVA

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Por Patricia Luceño

 

A principios del siglo XX, Walter Lippmann hablaba de opinión pública en unos términos poco comunes para la época. Para él, surgía como consecuencia directa de la forma de pensar de determinados grupos de poder, obteniendo como resultado una opinión que estaba en el público más que en una opinión del propio público. Este es, sin duda, uno de los aspectos más significativos –y, quizás, también, más desapercibidos- de la cultura de masas, que se extiende a todos los ámbitos de la vida humana. También al arte. Se trata de una doctrina oficial que define y acota culturalmente a una masa imbuida en una espiral de consumo-trabajo.

En ocasiones, eso sí, determinados hitos precipitan la ruptura del modelo anterior. La espiral del silencio -de Noelle-Neumann– presenta una opinión pública empleada como herramienta de control. Cohesiona el tejido social amenzando con el aislamiento a aquellos individuos con posiciones contrarias a las mayoritarias. En ocasiones se topa, eso sí, con un núcleo duro que rasga el tapiz preestablecido. Pero, ¿qué pasa cuando ese núcleo duro está formado por una masa crítica amplia, por un movimiento de bases que consigue filtrar en el sistema sus verdaderos intereses? Parece que es algo que está ocurriendo hoy en día y, circunscribiéndonos al arte contemporáneo y a Valladolid, muchos dedos apuntan a Crea VA 2014 como ese motor de cambio. Lo que está claro es que ha conseguido que el arte contemporáneo local y emergente se cuele en los presupuestos municipales. Algunos de esos dedos son los de Jorge Consuegra, Virginia Díez y Esther Gatón, comisarios de esta edición.

«Hay una hegemonía cultural –lo que se supone que tenemos que consumir culturalmente, lo que está bien visto, lo que consume la masa- y luego hay una parte undergroud que es muy importante porque nace de los creadores. De alguna manera, creo que la cultura de masas no siempre nace de ellos; estos, al fin y al cabo, tienen sus límites a la hora de poder crear y de poder hacer algo. Al final, llega un momento en que la gente se une con iniciativas como esta, que son las que posibilitan que se demuestre que hay una masa crítica que sí quiere este tipo de arte y de cultura», explica Virginia. «La cultura de masas ha llegado a un punto de saturación tal que incluso a la gente que la disfrutaba ya no le aporta ningún estímulo. Cada vez hay menos gente a la que le resulta interesante, aunque todavía haya mucha y la seguirá habiendo, y no es malo; lo negativo es estandarizar y que a todo el mundo le tenga que gustar lo mismo. Esta pluralidad que se está viendo ahora me parece interesante».

Proyectos como MappingArt o bit:LAV, además de los nuevos espacios expositivos de la ciudad, fueron hilvanando ese tejido, esa red artística, que tuvo su máximo exponente en la primera edición de Crea VA. Esta es, de hecho, una de las piedras angulares del proyecto, uno de los motivos por los que Marta Álvarez y Paco Villa, sus coordinadores, decidieron apostar por esa ‘escuela de comisarios’, que, más que un objetivo, parece ser ya una realidad.

Pero ese carácter de red se expande más allá de la figura del comisario. Para Jorge, este proyecto «aporta un panorama artístico que no se puede ver en otras salas ni en otros espacios. Hay gente que está haciendo cosas en Valladolid pero no es fácil entrar en un circuito expositivo. Crea VA reúne todos esos talentos o esas ideas sueltas en un solo acto. Lo hace en paralelo –y, quizá, compitiendo- con otros actos artísticos que salen de las instituciones, pero que, en ocasiones, tienen menos fuerza por salir precisamente de la institución en vez de de particulares». ¿La ciudad lo nota? Parece que sí. «Al final, sí que podemos pensar que se está modelando una marca de ciudad distinta. Imagino que, precisamente, como todos tenemos esa especie de complejo de que Valladolid es muy clásico y que no se hace nada, hemos entrado con más fuerza. Y, además, sí que es verdad que, cuando no hay nada, puedes hacer mucho más porque, al no haber modelo previo, todo el mundo se apunta. Es un territorio mucho más fértil que otros sitios con más tradición de cultura. Es un momento interesante, pero creo que es peligroso celebrar de más cuando las cosas están en ebullición. Hay que esforzarse porque esto sea sostenible», comenta Esther, que tiene cierto miedo a que esta eclosión cultural que está viviendo la ciudad «se quede en mucho ruido y pocas nueces».

Ni ella ni Jorge ni Virginia se dedican, en su actividad cotidiana, a comisariar. Los dos últimos, de hecho, no lo habían hecho antes. Los diferentes ámbitos de los que proceden y las diversas maneras que tienen de trabajar se plasman en una rica y heterogénea oferta expositiva.

Jorge nos invita a reflexionar sobre la tradición católica con una serie de ilustraciones, creadas ex profeso para la muestra, que podemos visitar en Sildavia (c/Arribas, 18). Antiguo Textamento  nos ofrece la vuelta de tuerca que Alejandro Antoraz, Álvaro Cubero, Sergio Garrido, Dr. Juanpa, Primo, Jorge Peligro, Iván San Martín, Laura López Balza y Julio Falagán dan a las –ya no tan- Sagradas Escrituras. «Hay una serie de temas que tengo siempre en mente; en este caso, la figura de Dios o de la religión, cómo nos ha influido hasta tal punto que estamos en un Estado aconfesional en el que sigue teniendo un peso muy grande la Iglesia. Con la exposición, quise llevar estos textos que nos han enseñado desde pequeños -como catecismo, inculcando datos más que enseñándolos- al terreno de mis amigos, que han tenido también una educación parecida, para que lo expresaran de la manera que quisieran. Intentan meter humor y ‘chicha’, darle vueltas a las cosas. Planteo la religión como algo completamente mitológico. Es igual que la gente que sigue El Señor de los Anillos o Star Trek».

Pero la cosa no queda ahí. El componente de juego, de participación, está muy presente en todas las muestras de Crea VA (Esther lo tiene claro: «la mejor forma para entender de arte es ponerse a crear»). Por eso, Jorgecapitanea el día 24 -en Sildavia, también- la segunda sesión abierta de dibujo e invención de historias. Una vez más, lo importante no es conocer la técnica, sino dejar nuestra cabeza volar hasta ese trance reflexivo que inspira el arte.

Esther, por su parte, llena de «salpullidos» artísticos el espacio Pintaderas (C/Angustias, 12) con su cottagekilns. Se compone de obras de Eloy Arribas, Andrés Carretero, Magnífico Margarito, María Tinaut, Ricardo Suárez y Birikú Sistemaque, sin un discurso narrativo que las ligue, se mimetizan perfectamente con las instalaciones hasta llegarnos a hacer dudar de cuáles son las piezas –todas ellas alteradas- de la muestra y cuáles no. Aunque hay un mapa que nos facilita el recorrido, la comisaria nos anima a no consultarlo. «Me gusta mucho la actitud de sospecha a la hora de enfrentarte al arte y, también, esa forma de caminar sin saber a qué te estás enfrentando. El mapa lo tengo que poner porque los artistas han trabajado y hay que reconocerles esa labor. Pero me gusta más la idea de esa persona que entra en la tienda y se confunde todo el rato, que coge una camisa y no sabe si se la puede probar o es una obra de arte». Eso sí, no podremos ver la exposición de un tirón: «la proyección interactiva de Birikú Sistema está hecha específicamente para el espacio. Lo curioso de esta pieza es que solo funciona por la noche. No hay una manera de ver la exposición de una tirada, literalmente. Yo pienso que nunca puedes ver una ‘expo’ de una sola vez, aunque esté todo ahí, por lo que obligo al espectador a ir más de una vez».

El espacio digital –no podría ser de otra manera- también está presente. «Hay una pieza que funciona solo en Internet. Es de un escritor que trabaja desde el anonimato, lo hace a través del post del blog y, además, en directo. Le pedí que postease cosas en relación a esta exposición durante el tiempo que durara. No le condicioné en ningún sentido –ni crítica, ni relato, ni nada-, sabiendo de antemano a qué me podía enfrentar -había leído sus textos y sabía que podía salir por cualquier parte-».

Virginia, por último, se estrena como comisaria con un ambicioso #SoftwareCultural (Gondomatik, C/Gondomar, 20). Primero, debemos entender el concepto: «La idea es que toda la información que tenemos las personas, los datos, nuestra experiencia… al final, conforman una metacultura. Es una información que, además, nos pasamos de unos a otros». Su trabajo como gestora cultural, que fluye entre lo digital y lo físico, le dio el último empujón para hacer al público partícipe de que «todos somos informáticos picando pequeñas pincitas de código, aportando nuestro granito de arena». Se trata de un primer acercamiento a la cultura libre con dos escenarios diferenciados. En Gondomatik, podremos encontrar –una vez más- un juego orquestado por las creaciones de dos colectivos, Elefante Rosa y La Criminal,y un artista, Mr. Zé. Las licencias poéticas de Elefante Rosa nos animarán a tomar parte activa con acciones -también- poéticas. Gracias a los capullos de La Criminal, nos podemos llevar una pieza original a cambio de dejar nuestra pequeña creación de papiroflexia -«porque también nos interesaba mucho trabajar ese tema de lo original y lo no original, el valor que se da a la cultura cuando es gratis y cuando no lo es», comenta Virginia-. Un gran formato de Mr. Zé, que aúna texto, caligrafía, collage e ilustración, nos dará paso al último hito de la exposición: cuatro videopoemas de Elefante Rosa que cierran el círculo de la muestra. Un segundo escenario, el digital, nos ofrece la posibilidad de comisariar nuestra propia exposición compartiendo y modificando las obras, liberadas bajo licencia Creative Commons.  «El acceso a la cultura tiene que ser universal porque es una herramienta de cohesión social, de desarrollo personal, algo inherente a las personas. Ponerle barreras limita muchísimo la creación, hace que estemos capados creativamente; y el humano está hecho para crear, para producir, para expresarse como mejor le parezca».

Y es que es precisamente este conflicto permanente en la tribuna pública -el que abarca su gratuidad, las subvenciones, el IVA…- el que nos hace plantearnos la tan temida cuestión: ¿se puede vivir del arte? Por las respuestas de los tres, da la impresión de que, más bien, se puede sobrevivir con él –y a duras penas-. Tras verse obligado, hace unos años, a cerrar su empresa, Jorge ha tenido que simultanear encargos que llegan de una manera muy irregular. «La situación es un poco jodida. Hay que moverse muchísimo y estar buscando en editoriales o en agencias para poder, más o menos, tener trabajo. Hay que tener una serie de actitudes ajenas a la ilustración, como ser un buen negociante, estar atento a poder firmar un contrato con alguien, a los pagos o, simplemente, a la promoción. Hay una descompensación entre lo que se hace y lo que se podría hacer. Mucha gente de la que conozco tiene un trabajo que le avala para seguir el día a día y, luego, un trabajo de ilustrador que es lo que quiere que hacer y que lo único que le aporta son extras; cuando debería ser, quizás, al revés».

A la hora de buscar las raíces del problema, Esther apunta al cambio de políticas económicas por la crisis, que ha cercenado una de las principales fuentes de financiación del sector. «En España, antes había mucha financiación pública y había artistas que enganchaban unas becas con otras. Ahora se ha cortado el grifo y estamos todos ‘flipando’. Pero, en los países anglosajones, todavía hay mucho mecenazgo. Al final, responde en gran medida a una especie de sistema que te lo permita o no y, el español, creo que es negro muy oscuro». En realidad, parece ser una concatenación de factores la que dificulta su desarrollo. «A parte de que no hay un mercado del arte lo suficientemente fuerte para que pueda vivir del arte toda la gente que está metida en esto, hay unos intermediarios que cobran mucho, un IVA muy alto…».

El apoyo institucional es, por tanto, importante en el mundo del arte y cobra especial relevancia en el panorama contemporáneo, especialmente cuando hablamos de figuras emergentes, de creadores locales. Sin embargo, y a pesar de estas pequeñas filtraciones como Crea VA, parece ser algo más simbólico que real. Jorge, a la hora de plantearse participar en su próxima edición, resalta que «a lo mejor sí que habría que tener en cuenta llegar a tener más fondos para que los artistas estén un poco más compensados. Se está trabajando con lo mínimo y se hace un poco difícil a veces». Y este argumento es una constante. Para Virginia, «estamos en un momento en que la gente, para hacer algo, tiene casi que regalar su trabajo, y eso no está bien». La gratuidad también despunta en el discurso de Esther: «El apoyo es un poco fake. Queda muy bien decirlo, es una cosa muy popular, pero no. Y, de hecho, lo que el Ayuntamiento destina a Crea VA y  a CreArt es ridículo. Estas cosas se sostienen porque hay muchísima gente que estamos trabajando sin cobrar nada, muchísima. Si nosotros o los artistas cobrásemos, esto no se podría hacer, sería carísimo. Es una especie de voluntariado».

¿Soluciones? Las hay, sin duda. Esther apuesta por bipolarizar: por un lado, buscar financiación privada de manera salvaje; por otro, olvidarse de números cuando se trata de crear. También cobra fuerza la inclusión del arte en la educación y, sobre todo, su normalización. «Hay una brecha inmensa entre lo que es la formación básica, el colegio, y el arte contemporáneo. Y hasta que eso no se integre, hasta que la gente no normalice el arte contemporáneo en sus vidas… Que no es tanto saber de esto como pensar que es una cosa que te puede interesar, no tener esa especie de pánico que hay».

Y parece que, paradójicamente, el propio arte encauza los remedios a sus problemas. Es algo muy patente en la exposición de Virginia, que quiere que quede claro que ‘cultura libre’ no significa ‘cultura gratis’. Es un concepto que pretende calar en lo mas hondo de la conciencia ciudadana, una firme apuesta de futuro. «El objetivo es que la cultura sea accesible para todo el mundo, pero eso no quiere decir que sea gratis. Es algo que tenemos que empezar a trabajar con el público, tiene que empezar a valorar la cultura. Debemos ir forjando un código ético como espectadores y como empresas que trabajan en el sector cultural». ¿Es posible o demasiado utópico? La experiencia de #SoftwareCultural parece darle la razón: «Creo que esa valoración poco a poco se va consiguiendo. Creo que este experimento demuestra que la gente sí le da un valor». Es una labor de todos porque, a fin de cuentas, ¿cómo vamos a proteger y fomentar algo que no conocemos ni valoramos?

 

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