La casa azul / La Polinesia meridional

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Sí, la portada del nuevo disco de La casa azul, ‘La polinesia meridional’ es clavada a la de ‘La revolución sexual’ y sí, ‘Los chicos hoy saltarán a la pista’, primera canción del tracklist, retoma claramente la melodía de ‘Un mundo mejor’, la instrumental que cerraba su anterior trabajo. Pero que nadie se lleve a engaño: el continuismo se acaba en estos artificios estéticos, más allá de los cuales se nos descubre una obra que, pese a ser perfectamente reconocible -lo de cambiar los años ’60 por la influencia japonesa y convertir en androides al grupo de amigos que grababan maquetas “en el garaje de Virginia, en la casa de la playa” al final no fue para tanto, ¿no?- y, por supuesto, igual de apasionante que siempre, no deja por ello de resultar original.

La primera de las novedades es que, como ya se ha puesto de manifiesto en todas partes, el nuevo disco de La casa azul empieza con su canción más acelerada ever y no da tregua hasta el quinto corte, un exceso que no habíamos visto antes en un disco de Guille Milkyway. Él mismo reconoció en Disco Grande que sólo sabe hacer las cosas de una manera: contraponiendo permanentemente alegres melodías con letras tremendas, por lo que la ecuación se despeja rápido: melodías cada vez más vertiginosas = letras descomunalmente dramáticas. Si en su anterior disco prometía abandonar el myolastán, la doxilamina y «sus nostálgicas manías», en éste claramente recae y nos anuncia que «oficialmente decide sucumbir». Difícil no frotarse las manos ante esta perspectiva.

Tal es el nivel de desmesura en las letras que por momentos llegan a resultar inverosímiles, aunque ésta es una idea que disipa rápidamente, pues es imposible que nadie finja tan bien. Queda claro entonces que lo que tenemos delante es un Guille Milkyway dominado más que nunca por su hipocondría y por sus obsesiones. Es estupendo crecer con él y ser testigos de sus nuevas preocupaciones, como el paso del tiempo (fantástica ‘¿Qué se siente al ser tan joven?’) o incluso, aparentemente, la situación política (‘Europa Superstar’, ‘Sálvese quien pueda’).

La brillantez de todas las melodías, que llevan la impronta inconfundible de La casa azul, sirve por tanto de contrapunto perfecto a la ansiedad que irradian las letras, tan profunda como, seguramente, injustificada, pero a ver quién es el listo se resiste a ‘La vida tranquila’, con un tête à tête memorable entre Guille Milkyway y Silvia -del grupo Niza-, su pareja. Claro que, aunque ésta sea la canción que mejor resume el conjunto del disco, no es extraño que le haya dado el título de ‘La polinesia meridional’, una canción espléndida, contenida y de elegante factura, muestra del impecable gusto de Guille.

Pese a que este álbum supone una indudable evolución cualitativa, no es menos cierto que a veces reincide en temáticas ya un tanto manidas, como es el caso de ‘La fiesta universal’, algo pueril, como dice la propia letra de la canción -pero claro, la letra también dice “deja que me crezca, me apasiona exagerar” y automáticamente hace que merezca la pena. Algo parecido ocurre con el “no quiero que me recuerdes mis fracasos y errores nunca más” y con el acelerón de bpms a partir del tercer minuto y medio de ‘Terry, Peter y yo’, el ‘Esta noche solo cantan para mí’ de este disco. Incluso parece impensable ahora saltarse ‘Todas tus amigas’, y eso que nos dejó un poco fríos cuando salió el año pasado, lo que pone de relieve la solidez del álbum.

Después de escuchar no sé ya cuántas veces este disco, se me plantean varios interrogantes. El primero es cómo se supone que nos vamos a aprender estas letras enrevesadas y eternas. El segundo, por qué La casa azul no vende millones de copias y no está todo el día sonando en la radio. Y el tercero, si no será algo cruel esperar que nunca deje de hacer canciones un artista que, a juzgar por este álbum, recurre a la música como terapia para su angustia existencial. Para las dos primeras preguntas no tengo respuesta, y la de la tercera seguramente sea «sí», pero es que la música de La casa azul es demasiado reconfortante como para prescindir de ella. Al fin y al cabo, que haya genios haciéndonos la vida más feliz a todos no puede ser malo. 8,8/10.

 

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