‘Blanco Bueno Busca Negro Pobre’ – La letra pequeña de la cooperación al desarrollo

En 2009 la ONG Gam Tepeyac invitaba a Valladolid (y aún hoy sigue haciéndolo) a unos de los grandes pensadores de Guinea Ecuatorial para la última conferencia del ciclo África Hoy. El exiliado político Donato Ndongo expuso la truculenta historia de la Unión Africana, un órgano destinado a organizar y velar por el continente africano (no obstante corrompido por presiones e intereses particulares), y tras aquella descripción de injusticias y maquillaje internacional -por parte de muchos diligentes africanos, pero también por parte de algunos europeos o los estadounidenses-, el escritor guineoecuatoriano concluía brevemente con una petición sin parangón: el fin de la cooperación internacional para los países africanos, habida cuenta de que si alguien debe salvarse, son los propios africanos.

La idea, impopular entonces y ahora (agrupa a algunos entendidos en cooperación, evidentemente marginados), toma forma en la feroz crítica de Gustau Nerín Blanco Bueno Busca Negro Pobre (Rocaeditorial, 2011). El antropólogo catalán asentado en Guinea Ecuatorial estructura los fracasos de la cooperación al desarrollo, sus contradicciones e incoherencias, y sobre todo, sus fórmulas para darse a conocer al público de masas y captar subvenciones estatales.

Hoy en día está de moda irse durante unos meses a un país en vías de desarrollo para trabajar como cooperante, colaborar con un proyecto internacional mediante la compra de un bolígrafo o acudiendo a un concierto, donar ropa o juguetes usados, unirse a una ONG a través de una cuota mensual… Vemos políticos y personalidades visitando proyectos en aldeas en medio de la selva…El conjunto de estas actividades, cuya base es la solidaridad, en la mayoría de los casos esconde el antiguo mensaje colonial sobre África: ellos no saben cuidarse solos, y la manera occidental es la mejor manera de hacer las cosas. O lo que es peor, representa la histórica ‘deuda’ (culpabilidad generacional) de los países europeos por haber expoliado el continente durante siglos. Pero aún con todas las donaciones, la cooperación al desarrollo es un gasto, malgasto y desgaste de fondos. En cincuenta años no ha conseguido sus propósitos y sin embargo, nadie cuestiona su existencia ni le rinde cuentas, dada su “bondadosa” finalidad.

La desilusión por parte de las sociedades locales y los cooperantes veteranos es patente en una situación insostenible. Nerín ofrece ejemplos para cada uno de los pasos que conforman la ejecución de un proyecto de cooperación, donde las intenciones valen menos que la foto de los políticos de turno el día de la inauguración, o el cobro de dietas, o la adquisición del todoterreno utilizado para los traslados. Sin embargo, Nerín no nombra personalidades (ni a favor ni en contra de sus teorías). Se echa en falta una bibliografía donde aunar esta durísima posición en una corriente colectiva que apoya la revisión del siginificado de “ayuda al desarrollo” e intenta integrar las diferencias culturales con África en sus proyectos.

El texto ahonda en la doble moral de la cooperación internacional, que exige unos valores para la financiación de los proyectos (cuyos intereses son pautados por la UE, el FMI y el BCE, etc) que de manera implícita critican la ‘manera de hacer’ de las sociedades africanas; para luego intentar desvincularse de condenar la situación política del país donde se ejecutan, con el único objetivo de conseguir que el proyecto de desarrollo se lleve a cabo a toda costa, para “salvar” el continente. Lo más lógico, obviamente, sería que las comunidades locales propusieran los proyectos. Pero, claro, son pequeños grupos no certificados ni oficiales según el sitema de hacer occidental…

No toda la cooperación es buena y necesaria, y de hecho, hay países cuyo capital activo está compuesto casi en su totalidad por cooperación internacional, quedando a merced de la misma (lo cual es una contradicción del objetivo de la cooperación). Es necesario un espíritu crítico sobre la gestión de los proyectos más allá de su finalidad.

Por si fuera poco, la ayuda internacional está sometida a los vaivenes de las relaciones entre los países, ejerciendo fuertes presiones y situaciones desastrosas: el intercambio de deuda por comida, en detrimento del autoconsumo y la venta de armamento y los asesores extranjeros que “entrenan” a los funcionarios africanos. El caso de Ruanda resulta de un ir y venir de intereses militares franceses, y una polícita internacional confusa en el seno de la ONU, que desembocó en la huida de las fuerzas de seguridad extranjeras del país y la matanza de los tutsis a manos de los hutus en 1994.

Nerín nos advierte que no se puede cooperar siendo políticamente correctos. Ni mucho menos, imponiendo los intereses actuales de una sociedad sobre otra. “A los países pobres sólo se les ofrece una única posibilidad de futuro: imitar a Occidente”.

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