Crónica del concierto/ Ocean Colour Scene – Festival MIl·leni (Sala Apolo) el 1/12/16:

Crónica del concierto/ Ocean Colour Scene – Festival MIl·leni (Sala Apolo) el 1/12/16:
img-20161202-wa0002-2

   Foto Ana Hernández Janés

El poder de la música va mas allá del paso del tiempo. Crecemos,  reímos, lloramos, nos enamoramos  y vivimos al son de canciones. Hoy tienes 20 años y  sin darte apenas cuenta ya has alcanzado los 40, y tu mundo ha cambiado por completo mientras algunas de tus bandas favoritas de tu juventud siguen por allí recordándote de dónde vienes. Como en el 96, cuando los Ocean Color Scene publicaron “Moseley Shoals” y muchos adolescentes nos encandilamos con sus melodías acudiendo impulsivamente a las (por entonces mas habituales) tiendas de discos para hacernos con una copia ya fuera en formato cedé o en cassette.

Han transcurrido los años, y los Simon Fowler, Steve Cradock y Oscar Harrison nos  han seguido acompañando en muchas fases del camino, a veces en soledad otras en buena compañía, regalándonos canciones memorables como “Mechanical Wonder”, “Saturday”, “Second Hand Car” o “This Day Should Last Forever”. Ellos nunca se fueron, a diferencia de sus compadres del Brit Pop, no se separaron ni tuvieron giras de reencuentro ni acapararon ninguna portada de las revistas. Únicamente seguían allí.

Ahora, a finales de 2016, los OCS aterrizaron a la barcelonesa Sala Apolo en su gira de 20 aniversario de aquel lejano “Moseley Shoals”, que se dedican a repasar íntegramente junto con los hits de “Marchin’ Already” (1997) y “One From The Modern” (1999).

ocean_colour_scene_hb_130416

Con la baja desafortunada del carismático batería Oscar Harrison (al parecer el día anterior en Madrid tuvo un accidente), sustituido por un esforzado Tony Coote, que siempre tuvo a sus compañeros pendientes de sus tempos; los británicos arrancaron con su versión beatliana de Day Tripper. Acto seguido, ya el mencionado disco cuyo inicio no puede ser mas atronador: “The Riverboat Song”, “The Day We Caught The Train” y “The Circle”, tres auténticos temazos que encendieron en seguida la mecha de una pista de baile plagada de nostálgicos autóctonos y de sus habituales hooligans que nunca dejaron de corear sus letras.

Y es que a decir verdad Fowler y Cradock encajan con ciertos esteorotipos británicos, especialmente con esa doble cara sensible y delicada para la música y primitiva y grosera en muchas de sus actitudes.

Aunque para la ocasión estuvieron bastante comedidos, sin grandes simpatías hicieron alguna que otra broma – como cuando dijeron lo injusto de tener a Neymar, Messi y Suárez aunque ellos tienen a los Beatles – y agradecieron la entrega de la audiencia. Si bien el bueno de Simon se le ve algo entrado en años (y en carnes), su voz no ha perecido el paso del tiempo y se mantiene pletórica. Mientras que su amigo Steve de nuevo hizo patente el gran músico que es y el porqué Paul Weller se lo ha llevado muchos años con su banda. Virtuoso y polivalente a las seis cuerdas, fino en las segundas voces, y ocasional teclista cuando la ocasión lo requería. En cuanto a Raymond Meade, se mostró como un gran apoyo en la línea del bajo, uniéndose a las voces en algunos temas.

Así fue como sonaron los temas del disco conmemorado, en su orden original y sin pausa alguna, con sus pasajes psicodélicos, sus baladas folk de base de guitarra acústica y sus ritmos trepidantes sixties. Son las “It’s My Shadow”, los otros singles “One For The Road” y “You’ ve Got It Bad”, la tapada “Policemen & Pirates” o la prolongada “Get Away”.

 

Tras el cierre del disco, Fowler se quedó solo a la guitarra para abordar una canción que “escribí con 16 años… es decir hace unos cinco”, que no era que “Foxy’ s Folk Faced”, demostrando lo poco que necesita para transmitir con su música.

Luego volvió la banda y la cosa se fue de madre con exitazos como “Better Day”, la coreada “Profit In Peace”, la inmortal “So Low”, “Get Blown Away” y la marchosa “Travellers Tune”, canciones que sonaron frescas e indemnes al transcurso de los años, con sus dosis perfectas de dulzura, melancolía, garbo y calidez.

Para los bises, de nuevo Fowler en solitario con la balada “Robin Hood”, antes de la traca final rodeado con los suyos con la psicodélica “Hundred Mile High City” y el enésimo despiporre en el gallinero.

De este modo fue como el cuarteto se marchó, las luces de la sala se encendieron y un “You Really Got Me” de los Kinks nos invitó a bailar antes de largarnos hacia nuestras casas para recordar cuan libres y despreocupados nos nos acabábamos de sentir mientras brincábamos y tarareábamos unas canciones que siempre han estado allí, cuando eramos mas guapos, mas jóvenes y, sobre todo, mas inocentes.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.