TARDES DE PERSIANAS BAJADAS, DE BRETT ANDERSON (CONTRA, 2019)
«De la gloria al derrumbe, entre guitarras, ego, drogas y persianas bajadas: Brett Anderson cuenta cómo Suede conquistaron los noventa y estuvieron a punto de desaparecer en el intento».
«Después de toda la tristeza contenida en estas páginas, quizás sea ahora cuando viene la parte más triste para mí. Cartografiar el colapso triste y silencioso de un grupo que tanto significó para mí representa, en cierto modo, un destino más cruel que si hubiéramos estallado en una profusión de escándalos y conflictos.»
Brett Anderson
Después de incontables horas de ensayo y de afilar sus canciones en locales de mala muerte frente a públicos indiferentes, gracias a la histeria mediática fomentada por la prensa, Suede obtuvieron el triunfo que anhelaban. El lanzamiento de «The Drowners» propició que fueran encumbrados en una mezcla de adoración y hostilidad. Por una parte, alabaron su música —ambigua, romántica, subversiva y decadente—, que reflejaba las miserias de los jóvenes británicos de principios de los noventa; por otra, como llegaron a la cima de forma instantánea, los consideraron un producto prefabricado, sin garra ni alma, cuyas horas estaban contadas. A pesar de sus orígenes humildes, al igual que sus composiciones, fueron tachados de artificiales, frívolos y cosmopolitas.
La banda surgió en plena resaca de Madchester (Happy Mondays, Stone Roses, The Charlatans) y durante el efímero auge del shoegaze (My Bloody Valentine, Ride, Slowdive). Evidentemente, su propuesta quedaba fuera de ambas corrientes. El grupo se aferró a aquella oportunidad como a un clavo ardiendo, ajeno a las consecuencias. Desesperado por abandonar la falta de reconocimiento, la pobreza y la precariedad laboral, Brett Anderson reconoce sin tapujos que habría hecho lo imposible para mantenerse en la cresta de la ola. Su exagerado perfil inicial los convirtió en un grupo «sobrevalorado», etiqueta que los ha acompañado a lo largo de su andadura discográfica.
Anderson reflexiona constantemente sobre su papel público y sobre cómo la fama influyó en su vida privada y moldeó su personalidad. Se muestra crítico con su trabajo, tanto con las declaraciones controvertidas del pasado como con los errores discográficos. Suede siempre alternaron entre la grandeza y la vulgaridad. Muchas de sus caras B —«My Insatiable One», «My Dark Star», «Killing of a Flashboy», «Europe Is Our Playground», «Let’s Go», «Cheap»— superan el contenido de los propios álbumes. El cantante asume la temática de sus letras —excesos, nocturnidad, sexo crudo, relaciones destrozadas, caos urbano—, que, con el paso del tiempo y junto con la decadencia de la formación, se convertiría en un cliché cercano a la autoparodia. Su corpus creativo fue perdiendo fuerza: discos mal enfocados, con temas débiles, que echaron por tierra el trabajo que tanto les había costado conseguir.
Suede (Nude, 1993) se convirtió en el disco de debut más vendido de todos los tiempos en Inglaterra y ganó el prestigioso Mercury Prize. Tal como ha sucedido en infinidad de ocasiones en la historia de la música, sus miembros carecían de la preparación necesaria para afrontar un éxito tan descomunal. Mientras realizaban una agotadora gira por Estados Unidos, comenzaron los problemas. A raíz del fallecimiento de su padre, el guitarrista y motor musical Bernard Butler se encontraba extenuado y deprimido. Harto de los rigores del estrellato, comenzó a distanciarse de la banda: viajaba en el autobús de otros grupos, grababa sus partes musicales a solas en el estudio y pretendió que despidieran al productor Ed Buller (White Lies, Pulp, Lush) para encargarse él mismo de la creación de Dog Man Star (Nude, 1994), la sombría obra maestra de Suede. Todo avanzaba demasiado rápido: ninguno tuvo la madurez suficiente para intentar solucionar sus problemas. Por consiguiente, las heridas empeoraron hasta alcanzar un límite insoportable.
El Britpop convulsionaba a la sociedad británica, pero Suede, fieles a su costumbre de nadar a contracorriente, consideraban aquel movimiento tan nacionalista como espantoso y optaron por desmarcarse de él. Anderson se perdió en un universo de química, obsesión, fragilidad y ego desmesurado. Gélido, aislado y arrogante, pasó por alto la profunda amistad que mantenía con el guitarrista. La unidad de antaño desapareció y la visión musical de ambos dejó de complementarse. Todos se encontraban paranoicos, tristes y amargados; temían que aquel fuera el final del camino. Como consecuencia, el disco cobró la atmósfera deprimente que lo caracteriza. Finalmente, la expulsión de Butler fue inevitable. La crítica volvió a abalanzarse sobre ellos para hundirlos a conciencia.
La arriesgada incorporación del nuevo guitarrista Richard Oakes —tenía diecisiete años en aquella época— fue recibida con desdén, por no decir inquina, por parte de los medios y los seguidores. Contra viento y marea, la banda continuó adelante. Todos habían llegado a la conclusión de que Butler era un engranaje irremplazable y de que estaban acabados. Aunque muchas de las mejores canciones de Suede se encuentran en este elepé —«The Wild Ones», «Still Life», «The Two of Us», «The Asphalt World»—, sus ventas quedaron por debajo de las del debut. Oakes, a pesar de su juventud, la presión de los tabloides y las comparaciones con Bernard Butler, consiguió salir airoso de la tormenta gracias a sus propios méritos musicales.
Luego de las sesiones asfixiantes y conflictivas de Dog Man Star —que, para consternación de Anderson, continúa siendo el álbum mejor valorado de Suede—, Coming Up (Nude, 1996) supuso un revulsivo: directo, enérgico y urgente, con todos sus temas dotados de potencial como sencillos. La incorporación de Neil Codling como teclista aportó savia fresca al grupo. Aunque siempre fue infravalorado por considerarlo mero «relleno», su influencia ha moldeado el sonido de la banda hasta la actualidad. Las áridas orquestaciones de The Blue Hour (Suede Ltd., 2018) lo demuestran de sobra.
«Trash», «Beautiful Ones», «Saturday Night» y «Filmstar» se convirtieron en himnos radiofónicos. El grupo volvió a la cúspide de la popularidad en plena vorágine del Britpop, compitiendo contra Oasis, Blur y Pulp en las listas de ventas, y logró el reconocimiento que merecía por derecho propio. La nueva formación, en un dulce momento de gloria, logró renacer tras la sobreexposición que estuvo a punto de aniquilarla.
Mientras tanto, en Westbourne Park, lo que en un principio fue el disoluto estilo de vida de una estrella de rock que alimentaba su creatividad —entre fiestas interminables, alcohol, ceniceros llenos, bolsas de basura, traficantes, groupies, colgados e ingentes cantidades de crack— terminó convirtiéndose en una adicción que quebró a Anderson y causaría fuertes repercusiones en el futuro de la banda. El impulso creativo, la ambición y el deseo de triunfar que lo habían empujado al principio fueron reemplazados por el exceso de confianza, la soberbia y la carencia de perspectiva.
En un afán por modernizar su sonido y mantenerse vigentes en la industria, Suede perdieron la esencia primaria, basada en el rock de los setenta, que los caracterizaba. Ante la profusión electrónica, Oakes se sintió desplazado como guitarrista. Irónicamente, Head Music (Nude, 1999) supuso un triunfo clamoroso. Por primera vez contaban con el apoyo de la crítica, pero entregaron un trabajo que, si bien incluía buenas composiciones como «Can’t Get Enough», la popular «She’s in Fashion» o «He’s Gone», pecaba de pereza e intrascendencia. Un elepé comercial que los alejó de la excelencia para hacerlos caer de lleno en la superficialidad de la que tantas veces habían sido acusados.
A New Morning (Columbia, 2002) supuso el canto del cisne: abandonar la función ante la indiferencia del público. Confundida, después de la salida de Codling debido al síndrome de fatiga crónica, la banda se encontraba, por primera vez en su carrera, perdida y carente de la pasión que la había caracterizado. Pese a que Anderson se encontraba sobrio, continuaba debilitado por su antigua dependencia de los narcóticos y fue incapaz de ofrecer lo mejor de sí mismo. Las sesiones se prolongaron durante dos años, entre diversos estudios y productores, intentando salvar un repertorio en el que reinaban la incertidumbre y la apatía. El fichaje de Alex Lee (Strangelove) en los teclados apenas llegó a cuajar y el intento de reinventarse con un disco acústico, íntimo y acogedor quedó también por debajo de las expectativas. A New Morning fue tan costoso que se vieron obligados a regresar a la carretera para recuperar los gastos de grabación. Desde entonces, el vocalista ha afirmado repetidamente que su publicación fue un error.
El final del libro, al detenerse en el punto más bajo de la formación, posee un sabor amargo. De hecho, queda abierto para que Anderson escriba una hipotética tercera parte de sus memorias en la que narre el reencuentro con Bernard Butler en el proyecto The Tears, su carrera en solitario, la paternidad y, evidentemente, el regreso triunfal de Suede, que, en pleno siglo XXI, continúan editando trabajos tan excelsos como su obra de principios de los noventa —Night Thoughts (Suede Ltd., 2016) y The Blue Hour—, en los que persiguen la estela del barroco y atormentado Dog Man Star.
