Crónica del concierto: The Jayhawks en la sala Barts (Barcelona). Abril 2015

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Treinta años han pasado desde que The Jayhawks salieron a la palestra soplando aires alternativos sobre los estilos musicales más tradicionales de la madre América. Estas tres décadas han sido testigos de las idas y venidas de sus diferentes miembros, siendo la más destacada la de su fundador Mark Olsen que, tras capitanear los primeros cuatro discos de estudio del grupo y abandonar a finales de los noventa, volvió puntualmente en 2011 para publicar un último LP antes de partir de nuevo. Gary Louris tomó las riendas en su ausencia y bajo su tutela nacieron los discos Sound of lies (‘97), el más popero Smile (‘00) y la joya de la corona: Rainy Day Music (‘03). Los tres fueron reeditados el año pasado y constituyeron el grueso de su repertorio del pasado martes en Barcelona.

Junto con Louris, Marc Perlman (bajista) es el único miembro de la formación original, que a lo largo de los noventa acogió las incorporaciones que conforman su actual elenco: la teclista Karen Grotbert, el batería Tim O’Reagan y el guitarrista Kraig Johnson. Un combo compenetrado y simpático que, como ya hizo el año pasado en el Apolo, demostró una envidiable salud en el escenario. No hubo sorpresas con respecto al setlist, que fue prácticamente el mismo que el grupo ha defendido en diferentes ciudades españolas en las últimas semanas. Pero quién quiere sorpresas teniendo la garantía de un talento que sabíamos de antemano que no iba a fallarnos.

Arrancaron con I’m gonna make you love me y cumplieron con la predicción que anunciaba su canción. Durante aproximadamente dos horas, la sala Barts se llenó con el sentimiento de sus estribillos atemporales que hicieron la delicias de un público crecidito y alegre. The Jayhawks mostraron su lado más rockero  (la guitarra acústica estuvo en un segundo plano, lo que no deja de ser curioso en un grupo nacido del country y del folk), con las guitarras eléctricas por bandera (manejadas por Louris y Johnson con una habilidad evidente y tranquila, sin excesivos alardes), sustentadas por los teclados de Karen Grotber. Muy destacable el papel de esta elegante señora, a dos manos entre el Hammond y el Roland, tejiendo con sus virtuosos arreglos el abrigo que dota de calidez al alma de su repertorio. Stumbling through the dark, Save it for a rainy day, Angelyne, las buenas canciones se suceden una tras otra, uniéndose las voces del público a los siempre impecables coros de Grotbert, O’ Reagan y Johnson. En Tampa to Tulsa, Louris se dirige a los técnicos reclamando un foco sobre el batería (Can you put some light in this guy?) y así, bajo esa luz salpicada de brillantes motas de polvo, O’Reagan nos descubre su voz cristalina y hermosa.

Sonaron también varias canciones de Tomorrow the green grass, ese discazo que sacaron en el 95 todavía con Olsen en sus filas: las arrastradas harmonías vocales de Nothing left to borrow, la melancolía a flor de piel de Blue y las más primaverales I’d run away, Bad time (versión de Grand Funk Railroad) y Real light.

Tras los bises, algunos de los miembros se intercambian los instrumentos: Kraig Johnson cede su guitarra al bajista Marc Perlman, que se atreve con algunos punteos que defiende con solvencia. Johnson, por su parte, se hace con el bajo y luego, con los teclados. Acaban con Tailspin y nos dejan con la misma satisfacción con que nos dejaron en el pasado y nos dejarán en el futuro, como tan solo pueden hacer esos clásicos que nunca estuvieron de moda y que nunca dejarán de estarlo.

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