Crónica: Glen Hansard en Joy Eslava. Madrid, febrero de 2013

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Hay  cosas que no es fácil llevar a palabras. Que simplemente, para contarlas, sería mucho más acertado decir algo como “no sé, simplemente, cuando puedas… no dejes de ir a verlo”. Y es lo que ha pasado con el concierto que Glen Hansard ofreció el pasado 13 de febrero en Joy Eslava: que cualquier tipo de explicación corre el riesgo de no hacer justicia a lo que mil afortunados disfrutamos mientras a unas cuantas paradas de metro otros sufrían viendo jugar -y empatar- al Real Madrid.

Y ya que esta no va a ser una crónica sencilla, empecemos por lo obvio y fácil. Glen Hansard usa, esencialmente, tres guitarras en los conciertos: la acústica ultra rota, la acústica rota y la eléctrica. Y están rotas no por golpes, sino por desgaste puro y duro, como el bolsillo de los vaqueros en el que se guarda el tabaco. Con esas viejas Takamine, un músico callejero solía recorrer aceras y suburbanos de ciudades de todo el mundo, incluida Madrid. Una ciudad que fue generosa con él, dijo (“más que Barcelona, pero allí no diré eso”), y a la que un Oscar, varios proyectos musicales y muchos conciertos después, el mismo músico regresaba para presentar el que es, estrictamente, su primer trabajo en solitario: Rhythm and repose. No era la primera vez que tocaba a cubierto en la capital: hace casi tres años, él y Marketa Irglova, bajo el nombre de The Swell Season, llenaban la sala Heineken y, poco después, el teatro Haagen Dazs, arropados por el éxito de la película por la que muchos llegamos hasta él: la premiadísima y unánimemente alabada Once.

Superó con nota su papel de telonera la también irlandesa Lisa Hannigan. La que otrora fuera vocalista de Damien Rice aprovechó su media hora larga de concierto para repasar algunos temas de su cosecha, y templar con su calidísima voz el ambiente para lo que venía después. Se ganó lo que pocos teloneros consiguen: silencio, atención y aplausos sinceros. Aunque, todo hay que decirlo, el nivel era alto: Hannigan bien merece una noche para ella sola, pero no era la de ese día: ya era el turno del auténtico protagonista de la noche.

La piel se erizó con la primera, ‘The storm is coming’, y volvió a su estado habitual con ‘Passing through’, el tema de Leonard Cohen con el que Hansard, Hannigan y los doce músicos que le acompañaron cerraron un recital de más de dos horas y media que, como se puede adivinar, fue soberbio. Y quien firma esta crónica, de verdad, no es fácilmente impresionable (aunque pueda parecerlo), pero así fue.

Si no quedaba ni una entrada, por algo era. Si no se oía ni una mosca, si la gente apenas se atrevía a susurrar fragmentos de la letra en los temas más conocidos, si cada canción acababa con una ovación de las de soltar la cerveza para poder aplaudir bien, si las barras estaban casi vacías porque nadie se quería perder ni un segundo… por algo era.

Sobre el escenario de la Joy, ‘Philander’ y ‘Low rising’ ganaron erotismo, ‘Maybe not tonight’ ganó blues, ‘When your mind’s made up’ y ‘Leave’ ganaron intensidad y desesperación, ‘Paper cup’ y ‘Bird of sorrow’  ganaron dulzura, ‘Love, don’t leave me waiting’ y ‘This gift’ ganaron “buenrollismo” (la primera con el ‘Respect’ de Aretha Franklin como coletilla), y un pelirrojo con barba se ganó a todos los afortunados que habían conseguido entrada para verle.

Pero no fue todo su mérito: su banda The Frames, una sección de vientos y un cuarteto de cuerdas le escudaban en un escenario que también pisó el guitarrista español Javier Más (compañero de escenario habitual de Leonard Cohen) e incluso una espectadora que, tras quejarse de que no oía bien, acabó viendo el concierto desde allí. Lo único que se perdió, pero para ganar cercanía, fueron amplificadores y cables en ‘Song of good hope’, ‘Say it to me now’ y una coral y magistral ‘Gold’. Y, por supuesto, uno de los momentos más esperados ganó mucho con la presencia de Lisa Hannigan sustituyendo a Marketa Irglova en la oscarizada ‘Falling slowly’. Complicidad de compatriotas también en un juguetón y meloso ‘Blue Moon’, que Lisa y Glen ofrecieron aderezado por acordes de ukelele y solos de trombón.

En definitiva, bello. Podrían usarse muchos adjetivos para cerrar con una palabra lo que fue la noche del 13 de febrero en Joy. Pero para qué complicarse, para qué hablar de una mezcla de suavidad, energía, delicadeza, desgarro, sutileza, cercanía y elegancia cuando se puede sintetizar en una sola. En una palabra y en una recomendación: no lo dejéis pasar, porque no cabe duda de que volverá  por España en algún momento, y volveréis a leer alguna crónica, y a pensar (como espero que estéis haciendo ahora) “tenía que haber ido”.

 

Una Respuesta

  1. Rita

    17 febrero 2013 16:48

    Gran concierto, de esos que quedarán para el recuerdo siempre. No me cansé de darle las gracias a Glen al finalizar el concierto, cuando nos atendió amablemente a unos cuantos que esperábamos a que nos firmase el disco y se pudiera hacer unas fotos con nosotros. Esa humildad que mantiene es la que le hace realmente grande.
    Si te apetece leer mi crónica, puedes hacerlo en mi blog: http://ironiassudoresysinceridades.blogspot.com.es/#!/2013/02/glen-hansard-en-directo-madrid-13-de.html

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