19 julio 2024

El mayor triunfo que un creador pueda alcanzar es que sus criaturas le sobrevivan, se hagan inmortales, sin que pierdan en el proceso la esencia con la que fueron concebidas. Verne lo logró con el capitán Nemo; Conan Doyle, con Sherlock Holmes; Dumas, con Montecristo… Y Gene Roddenberry, con ‘Star Trek’. Pese a las inevitables actualizaciones estéticas y narrativas, la última entrega de esta larguísima saga cinematográfica, ‘Star Trek en la oscuridad’ (J. J. Abrams, 2013), bebe directamente de las fuentes que hicieron grande la serie original y las seis primeras películas protagonizadas por Kirk y sus compañeros de viaje.

El valor de la familia -representada por la tripulación del Enterprise- y la necesidad de preservarla y defenderla como ese último reducto en el que late la humanidad del individuo; los pecados de los padres y la marca que dejan en los hijos; los errores del pasado que inevitablemente regresan para amenazar el presente y el futuro; o la ingenua pero vital reivindicación de conceptos como la amistad, el amor o el sacrificio -en Kirk, Spock, ‘Bones’ McCoy y, desde que Abrams tomó las riendas, por fin en un personaje femenino, Uhura-…

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Todos esos elementos con los que Roddenberry construyó su ‘Star Trek’ -nada nuevo bajo el sol desde los tiempos de Homero- están en este segundo capítulo de las nuevas aventuras de Kirk, Spock & Co, para tranquilidad de los fans más acérrimos y consuelo del espectador casual, que busque una superproducción con un mínimo de historia y contenido para pasar una tarde de verano sin tener la sensación de que ha tirado a la basura dos horas y pico de su tiempo.

Tanto Abrams como sus guionistas, Roberto Orci, Alex Kurtzman y Damon Lindelof, comprenden a la perfección el producto que manejan y saben de sobra qué resortes tocar para que el mecanismo funcione y el corazón del Enterprise lata con la energía de siempre. Juegan sobre seguro, pero, a cambio, renuncian a cualquier capacidad de sorpresa o innovación. Su propuesta es un refrito, sí, pero con los ingredientes justos y el fuego a la temperatura adecuada para que no sepa a rancio o a quemado ni repita demasiado.

Así, cualquier espectador familiarizado con ‘Star Trek II: la ira de Khan’ (Nicholas Meyer, 1982) sabrá perfectamente qué esperar de esta nueva película, que, aunque no puede calificarse de ‘remake’ de la primera, sí toma prestados sus conceptos más básicos. Incluso la subversión de la sorpresa final es totalmente predecible. El director de ‘Super 8’ y sus colaboradores lo cambian todo precisamente para que nada cambie y añaden, en el proceso, unos ecos del 11-S para tocar la fibra sensible del público yanqui -ese discursito final de Kirk sobra y resulta impostado en alguien que en sus tiempos de cadete superó con trampas la irresoluble prueba del Kobayashi Maru-.

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Aunque para los nostálgicos de más de 30 años Khan siempre será Ricardo Montalbán, la elección de Benedict Cumberbatch -el mejor Sherlock Holmes de la historia desde Basil Rathbone- para el papel es un acierto total, un oscuro reflejo del capitán Kirk con el que el principal conflicto de la película fluye sin mayores problemas. Al fin y al cabo, ‘Star Trek en la oscuridad’ no es más que la lucha de dos padres -tres si contamos al almirante Marcus de Peter Weller- para proteger a sus respectivas familias. Dos capitanes. Dos tripulaciones. Un objetivo.

Y ahora, la pregunta del millón que ha llenado de elucubraciones páginas y páginas de internet en los últimos meses. A la luz del resultado obtenido, ¿está Abrams preparado para hacerse cargo de la saga de ‘Star Wars’? En opinión del que suscribe, ‘Star Trek’ (2009) y ‘Super 8’ (2011) son credenciales más que suficientes como para demostrarlo. Este nuevo trabajo es simplemente una confirmación de algo que ya era obvio. A poco que se esfuerce ‘el heredero de Spielberg’ -ya le gustaría serlo de verdad- y con que se apoye en un guión mínimamente digno -quizá eso es mucho pedir en el Hollywood actual- lo hará bastante mejor que George Lucas en los episodios I, II y III. No hace falta que la Fuerza le acompañe, basta con que siga mirando a través de la cámara como lo ha hecho hasta ahora.