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Crónica del concierto: Tom Harrell en el Teatro Campos (Bilbao) – mayo 2013

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No se llenó el Teatro Campos, pero sí que presentó una buena entrada, para recibir, dentro del marco del ciclo 365 Jazz Bilbao al que, a la postre, conformaría el mejor concierto internacional del mismo: Tom Harrell Quintet. Aquejado de una cruel enfermedad y ajado en lo físico, fue cuando soplaba la trompeta cuando devenía en sutil orfebre, genial en la melodía y caleidoscópico en el ritmo. De conocimientos enciclopédicos, sus lamentos físicos no han impedido que edite más de veinte discos, que sea reconocido por crítica, público y adláteres musicales y que gire activamente por todo el mundo. No en vano, la edición de este año del Festival de Jazz de Vitoria-Gasteiz contará con su presencia, así que, si pueden, no se lo pierdan. Su último disco data de 2011 (“The time of the sun”).

Al frente de su propio quinteto y con puntualidad británica, Harrell desenfundó su trompeta durante 95 minutos, destilando clase en temas largos y complejos (de hecho fueron sólo siete), concebidos como aquelarre sonoro en el que tuvieron cabida, desde el bop suntuoso, a una suerte de free frenético. Bien respaldado por sus músicos, destacó la tenacidad del rocoso saxofonista (Wayne Escoffery), la sutilidad del piano y una sección rítmica de descomunal batería (en lo físico y en lo musical) y melancólico contrabajo.tom_harrell_quintet_photo_larrypas_05
Principió el show con sonidos expansivos de hard-bop sinuoso en el que el saxo copó el protagonismo. Quince minutos de improvisación recurrente con Harrell soplando comedido, el piano aporreando exquisito y la sección rítmica manteniendo el tipo. Tras él, y muestra del dominio de los palos jazzys, Harrell se descolgó con una balada cool en la que destacó el teclas (Dany Grissette) que, con su Fender Rhodes, aportó groove y feeling a las líneas más líricas aportadas por la sección de viento. Un lirismo que precedió a la tormenta en forma de solo de batería (me gustó menos que en otras ocasiones, hablando de jazz, que los roqueros sigo sin tragarlos), que mutó en ritmos hipnóticos a la trompeta, en escalas al saxo, perfectamente imbricadas en el conjunto, que destilaron calidez, y en un solo de piano que derrochó intimismo, sonando clásico y moderno a la vez. Un subidón de canción a la que el respetable premió con una ovación merecida.
La estrella entraba y salía del primer plano cuando sus compinches centelleaban pasando del desbarre free al sosiego, suponiendo el pico del concierto un tema corto para lo que se estiló en el show (siete minutos), en el que Harrell al fiscornio y su contrabajista tejieron atmósferas sugerentes y nos llevaron al huerto con sendos solos, comedido y sutil el del contrabajo y orgánico el de la trompeta. Las palmas echaron humo. Harrell sólo habló al final para presentar a la banda, marcaba el ritmo, al inicio de los temas, con onomatopeyas y, durante los mismos, tarareaba fraseos imposibles que después llevaba a su gozosa trompeta en solos cargados de tensión. Un caramelo en forma líneas líricas que lo emparentaban con la aristocracia del jazz, pero que permitía la exploración de caminos más cercanos al gran público, en especial con notas cercanas al blues encadenadas por el teclas.
Retirada y vuelta en olor de multitudes para acometer un bop vistoso, a mayor gloria de los ejecutantes que nos dejó saciados y satisfechos por una temporada. Y es que la temporada internacional del ciclo acaba aquí y hasta octubre no tendremos nuevos pildorazos jazz. Pero eso será cosa de otras reseñas.

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