Sandré: «Hace ocho años que estamos tocando y los bolos se siguen pagando a precio de 2010»

La banda barcelonesa llega al Blockparty Arganzuela este 6 de junio con nuevos temas, tercer disco en el horno y ocho años de punk sin concesiones a sus espaldas. Hablamos con ellas de rabia lúcida, festivales al aire libre y la economía imposible de tocar porque te gusta.
Ocho años tocando, sin suavizar una coma, sin domesticar el directo, sin vivir de la música porque, como ellos mismas reconocen, los bolos siguen pagándose a precio de 2010. Su reciente single «Empatía No» es exactamente lo que promete: una declaración de intenciones sin margen para la duda. Los veremos en el Blockparty Arganzuela de Madrid, festival que comparte su filosofía —un escenario, sin solapamientos, sin artificios— y donde coinciden en cartel con Die Spitz o Mujeres. Antes de eso, esta conversación.
«Empatía No», buena declaración de intenciones nos habéis soltado hace poco. ¿Estáis en este nuevo disco más cabreadas o simplemente más lúcidas?
Tal y como van las cosas, así en general, no vemos la manera de no poder estar cabreadas. Lúcidamente cabreadas.
Lleváis años sin suavizar ni una coma. En un momento en que el musiqueo español tiende a pulirse y volverse más «presentable», ¿se os ha pasado por la cabeza hacer algo más digerible para todos los públicos?
Se nos pasó por la cabeza hacer un tema más post punk synth pop melódico melancólico, rebajado, facilete, para empezar a abrir mercado internacional pero nos salió mal y terminó siendo el tema más Oi del disco (Joia de malviure).

El Blockparty es uno de los festivales que mejor entiende lo que vosotras hacéis: un escenario, sin solapes, sin artificios. ¿Qué diferencia un bolo así de uno en sala?
La diferencia está en el techo. En una sala, si saltas hacia el público, te puedes hacer daño con el techo o las luces, pero en Blockparty no hay. Es al aire libre, y es un festival pequeño, como nos gusta. Mil veces más que los macro.
Madrid lleva años recibiéndoos con los brazos abiertos: Wurlitzer, El Sol, Sound Isidro, Premio Rock Villa… ¿Qué tiene Madrid que otras ciudades a veces no puede dar?
Tiene a Ayuso y a Carapolla, por lo que la gente con espíritu crítico necesita quemar más cortisoles bailando pogo en nuestros conciertos.
El tercer disco está en camino. ¿Qué sonido estáis buscando y cuál es el mayor reto al que os habéis enfrentado en ello?
El sonido que tenemos es el que nos sale y, de momento, nos gusta bastante. Cuando estamos en proceso de creación, no le damos demasiada importancia más allá de que nos inspire suficiente para que el tema mole mucho. Quizás nos esforzamos más en que las composiciones tengan algo especial, ya sea por estructura, por ideas, por estribillos… Pero el sonido final del disco es una mezcla de lo que aportamos nosotros desde el local, junto con lo que Borja Pérez produce en el estudio. Estamos muy contentas con el resultado.

La pandemia fue un punto de inflexión para todos y para vosotras como banda. ¿Cambió algo en cómo entendéis los conciertos ahora?
Realmente los humanos necesitamos rituales catárticos, especialmente ahora con tanto scrolling demencial. Los conciertos en vivo nos ponen a todos, banda y público, en un estado de sincronía energética esencial, y no ha cambiado desde antes de la pandemia. Seguimos con la misma energía o más. Siempre más.
La prensa os quiere, el público os ama. ¿El reconocimiento cambia algo o seguís tocando igual que si no hubiera nadie mirando?
En el local nadie nos mira y tocamos igual de fuerte.
Crowdsurfing, tocar con katana… ¿pura coreografía o en cada concierto simplemente pasan cosas?
Os dejáis una performance que fue un hit en su momento, que era hacer bailar al público la comba con el cable del micro de Rosa. Ahora estamos en una nueva etapa y no sabemos qué pasará.
Lleváis años resistiendo sin vivir de la música. ¿Ese equilibrio entre el curro de lunes a viernes y el punk de fin de semana alimenta las letras o las estrangula?
Estrangula la cuenta corriente, no las letras. Lo de resistir es absurdo, no se vive de la música porque se paga fatal, seamos sinceras. Hace ocho años que estamos tocando (con pandemia de por medio) y los bolos siguen pagándose a precio de 2010.

En el Blockparty compartís cartel con Die Spitz, que están reventando en medio mundo. ¿Hay alguna banda internacional con la que hayáis tocado que os haya dejado pensando «hostia, esto es lo que queremos hacer»?
Joder, ¡muchas! Por suerte somos de los que se inspiran en los buenos (y sus ideas) en vez de los que copian a los buenos. Tocar con bandas que nos flipan como Deerhoof o Battles en Canela Party nos hizo babear un buen rato. Shame también tienen una calidad brutal.
Lleváis ocho años y el local de ensayo sigue siendo el día a día. Si el Sandré de 2018 pudiera ver el que sube al escenario del Blockparty en junio, ¿qué es lo que más le sorprendería?
¡Que siguen tocando! Esto es lo más sorprendente porque tienes que ser muy obstinado y te tiene que gustar mucho la música para no abandonar tu proyecto musical precario por el camino.
Fotos: Jordi Oms