Una de clásicos del cine: Truffaut en «Los cuatrocientos golpes»

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LA LÍRICA DEL DESAMOR

¿Por qué no aprovechar los días de vacaciones para echar la vista atrás y conciliar la cartelera de cine navideña con alguna que otra joya clásica inspiradora?

Propongo el universal y siempre actual Truffaut en Los cuatrocientos golpes

Canto al desamparo, siempre vigente. Si la verdadera patria del hombre es su infancia, Truffaut habita la suya en este filme, que aventura a compartir con el espectador del siglo XXI de la misma forma que lo hizo hace cincuenta años, con idéntica complicidad. Cincuenta años no son nada, así que el director le invita a pasearla, ejerce de cicerón a lo largo de intrincadas calles. Le convence para volver con la promesa de que en la próxima ocasión le descubrirá un rincón nuevo o le contará la historia de un edificio cuya existencia había pasado desapercibida la última vez. El espectador acepta la invitación. Sabe que volverá.

La narración de las aventuras cotidianas de Antoine Doinel avanza como un cuento aparentemente inocuo pero que, poco a poco, penetra en la conciencia para quedarse en ella. Lejos de alardes creativos, François Truffaut abre la nueva ola de la cinematografía francesa, la Nouvelle Vague, con esta cinta ya convertida en emblema de una nueva forma de entender el cine. La tendencia crítica de los cineastas que rechazaron la corriente comercial europea de los incipientes años 60 para reivindicar el cine independiente de autor, encuentra acomodo en esta crónica de una infancia maltrecha.

El relato de la peripecias de un Jean-Pierre Léaud de 13 años (en la imagen), intérprete que se convertiría en actor fetiche del director (Besos robados, El amor en fuga), esconde muchas preguntas. Preguntas sobre la eficacia de las instituciones en una sociedad en la que impera el culto a la obediencia a los mayores porque sí, el castigo físico, la imposición de la autoridad sin palabras, la incomunicación en el seno de la familia, la simpleza intelectual, la indiferencia más atroz o la debilidad moral. Pero por encima todo, el transcurso de la historia arroja con precisión las preguntas de un niño que bracea desorientado en un mar de mediocridad.

Doinel cree encontrar respuestas abriendo con dificultad huecos en un ambiente hostil que lo aboca a clamar libertad después de cada tropiezo: la encuentra en Balzac, en su deseo de conocer el mar, en una botella de leche que se bebe con la misma avidez con la que se bebe la vida. Esta libertad es trasunto de la que anhela el propio Truffaut al proclamar en esta película una libertad creadora plasmada en la conexión entre fondo y forma. La estética cercana al neorrealismo italiano se entrelaza con una cuidada técnica. De esta forma, el director lanza toques maestros reveladores; oportunos trávelin, cámara subjetiva para forzar la identificación, variedad de encuadres al servicio de la narración y del lirismo más modesto. Lo sencillo no tiene por qué ser simple, parece sentenciar Truffaut con este trabajo.

En definitiva, 94 minutos de genio condensado y congelado  en esta cinta para que no pierda su esencia pase el tiempo que pase, porque Doinel es Truffaut y Truffaut es cualquiera de nosotros cuando las frustraciones de quienes nos rodean contaminan el aire y solo nos queda correr. Correr y correr hacia el mar. Llegaremos a la playa y cuando nos encontremos a la orilla volveremos la cabeza abrumados, preguntándonos si es el final o el principio de algo que está por llegar.

Dirección: F. Truffaut
Guión: Marcel Moussy y F. Truffaut
Intérpretes: Jean-Pierre Léaud, Claire Maurier, Albert Rémy, Guy Decombie, Georges Flamant y Patrick Auffay
Género: Drama. Francia, 1959
Duración: 94 min

 

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