‘Por el Placer de Volver a Verla’ – la emoción de lo cotidiano

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por el placer g Por el Placer de Volver a Verla   la emoción de lo cotidianoSiempre pienso que el efecto que produce un espectáculo depende de las expectativas y las imágenes preconcebidas que cada uno tenga antes de comenzar la “magia” y en este caso mis expectativas eran absolutamente nulas pues ni siquiera había visto el cartel ni leído acerca del argumento. No sabía a lo que me enfrentaba y resultó ser un acierto.

Escenario vacío, aparece Miguel Ángel Solá y se nos presenta como Miguel, él autor de la obra que vamos a presenciar. Desde este momento el libreto se revela perspicaz, inspirado y apunta ya tintes para amantes del teatro pues hizo referencias a muchas de las grandes obras de la historia de la dramaturgia desde tragedias griegas hasta tranvías con nombre provocador y Bernardas. Nos encontramos con un personaje natural, sincero, que nos dice que es el autor de la obra con tanta credibilidad que a la salida había gente que realmente pensaba que lo era. Este personaje juega entre los momentos en los que se dirige al público rompiendo la cuarta pared y haciendo el papel del narrador de su historia y los momentos en los que mantiene la ilusión interpretándose a sí mismo a lo largo de su vida, desde la infancia hasta la vida adulta.

Con una magnífica presentación por su parte, toma las tablas la magnífica Blanca Oteyza en el papel de Nana, madre del autor. Nana es un personaje campechano, hipérbole de toda madre, exagerada y charlatana que despierta una sonrisa en el público nada más que aparece regañando al pobre Miguel de once años con un repertorio de “frases de madre” de lo más ocurrente. Si es verdad que Blanca borda este papel también hay que decir que con el paso de la representación el carácter del personaje se va redondeando y se perfila más la interpretación.

Se suceden una serie de escenas más o menos cotidianas como comentar un libro de los favoritos de su madre mientras ella tendía la ropa. Es una de las escenas más entrañables de la obra y me atrevo a decir de las más entrañables que he visto en mi vida sobre unas tablas. Miguel defiende a la perfección el papel de niño curioso que poco a poco va planteándose más cosas que su madre y ésta esquiva las vivas preguntas de la forma más cabezonamente ingeniosa con un resultado cómico a la vez que dulce y verdadero.

El trabajo de Miguel Ángel Solá requiere de un cambio de registro importante dado que sin ningún tipo de cambio de vestuario ni caracterización representa no solo diferentes edades con lo que ello conlleva sino diferentes roles. Durante los momentos en los que Miguel es el “autor”, ayuda con el montaje de la siguiente escena e incluso habla con los tramoyistas. Supone un cambio total de motivación que consigue con maestría. Al hablar de su madre logra transmitir una emoción intensa con los gestos y las modulaciones de voz más sutiles. Hay escenas en las que parece que representa al autor como si estuviera reviviendo ese momento de su vida, como si se tratara de un ejercicio de memoria sensorial vivido con la añoranza de hoy.

Concordando con lo que ya se venía anunciando desde el principio la reflexión metateatral tiene su pequeño hueco, en boca de las aparentemente ingenuas preguntas de Nana, se plantean importantes cuestiones sobre los actores y el público y la relación entre ambos.

No sólo trata de teatro, sino que es una obra de teatro puro: dos actores, los elementos justos que necesitaban en cada escena (que se colocaban a la vista), un ciclorama que cambiaba de color en cada escena y aportaba el elemento estético y un texto increíble del que brotaba la más emocionante y cotidiana verdad interpretada con extraordinaria sinceridad por estos grandes actores. La apropiada música ponía la guinda a esta oda a una madre, a este dulce que tiene el ingrediente secreto de las obras maestras: el don de llegar a todo el mundo.

Teatro Calderón (Valladolid)
Por el Placer de Volver a Verla, de Michel Tremblay
Dirección: Manuel González Gil
Intérpretes: Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza

 

175 Respuestas

  1. Mara

    1 diciembre 2010 13:38

    COSAS QUE MOLAN
    La inmortalidad existe.
    Existe para algunos pocos elegidos, pero existe. La mayoría de las veces porque esas mismas personas la han buscado, pero otras veces, se consigue sin quererlo, solamente por amor y este es el caso de esta obra. La inmortalidad de una mujer gracias al amor de su hijo. Un hijo que cree que todo el mundo debe conocerla, por ser una mujer especial. Realmente es especial y conocerla lo mejor que te puede pasar.
    Por el placer de volver a verla es el ejemplo más bonito de como alguien, por amor, consigue traer a esa persona que tanto añora de vuelta a la vida.
    Es el teatro dentro del teatro. Es Tremblay (o su equivalente en actor) presentando a esa mujer que tanto ama al público, recreando su vida otra vez, para ofrecerle el final que se merece, repleto de amor, de belleza y de honor. Sin atrezzo, sin más personajes que ellos dos. El escenario prácticamente vacío y aún así logras sumergirte del todo en la historia. Es la historia de amor más pura y sencilla contada a través del cuerpo de otros actores.
    Es muy difícil explicar la peculiaridad de esta obra de teatro. La verdad es que nunca había oído hablar de Michel Tremblay y ha sido con esta obra con la que he descubierto a uno de los escritores más emotivos que he tenido el placer de vivir.
    Me da la sensación de que Tremblay sufre un poco el síndrome de mamítis que sufría (o sufre) Almodóvar. Es una persona profundamente enamorada de su madre, tremendamente ligado a ella, para quien no existe nadie más y para quien nadie podrá ocupar su lugar. Normalmente suelo tener sentimientos de rechazo antes estos casos de mamitis tan exagerados, pero en esta obra se respira tanto amor, tantas ansias por hacer lo imposible por otra persona, tanta fuerza, que al final de la obra lo único que puedes hacer es llorar. Llorar y desear que algún día, alguien se capaz de quererte de la misma manera y con la misma intensidad e intente por todos los medios recordarte e inmortalizarte una vez te hayas ido.
    Esta obra (título original Encore un fois, si vous le permettez), ha sido ganadora del premio Chalmers y del premio Dora Mavor Moore en el 2000. No es que sean premios súper famosos y fantásticos, pero ahí están. Fue escrito en solamente 3 días y ha sido traducida a más de 22 idiomas, siempre con una crítica excelente. Es sin duda la obra más desinteresada y mágica que he visto en mucho tiempo y una de las mejores maneras de pasar un viernes o sábado noche.
    ¿Por qué mola tanto la obra?
    Mola por muchas cosas, te ríes, lloras, te vuelves a reír y pasas un buen rato. Pero sobre todo mola porque escribiendo esta obra, Tremblay ha logrado que su madre resucite varias veces al día, en diferentes partes del mundo, cada vez que un teatro decide ofrecer su obra. Porque en el momento en que su madre está ahí, viva, delante de él, la hace feliz, la convierte en reina, se desvive por darle la despedida que no le pudo dar. Porque, especialmente al final, puedes sentir el amor que hay sobre el escenario, lo lejos que ha llegado una persona para demostrar amor, para inmortalizar a la persona más importante en su vida, para traerla una y otra vez a la vida y así no tener que decir adiós jamás de manera definitiva.
    Mola porque, durante los 90 minutos que dura la obra, te olvidas de ti, de tu situación, de tus problemas y preocupaciones, para convertirte en un mar de emociones. Vas a reírte mucho y vas a llorar mucho. Vas a sentir mucho. Y sentir tanto, hasta ser incapaz de hacer cualquier cosa que no sea sentir, es de las experiencias más enriquecedoras que hay, porque nada nos hace más humanos que sentir.
    La obra se puede ver en estos momentos en su segunda edición en el teatro Amaya de Madrid, Paseo. General Martínez Campos 9.
    La recomiendo encarecidamente.
    By Nat in Mola vivir otras historias Tags: teatro, emociones, artes escénicas, actuaciones http://cosasquemolan.com/author/cosasmolonas/ 22 NOV 2010

  2. Jorge

    1 diciembre 2010 13:40

    POR EL PLACER DE REÍR Y LLORAR.
    El escritor y pensador canadiense Michel Tremblay firma una obra divertida y dramática que emocionará al espectador.
    Los dos actores encarnan admirablemente a sus personajes.
    A pesar de que Por el placer de volver a verla concitara la atención necesaria del público durante la pasada temporada para permanecer en cartel mucho más tiempo, un desafortunado accidente doméstico sufrido por Miguel Ángel Solá, coprotagonista de la obra, obligó a la compañía a reducir considerablemen¬te el número de representaciones.
    Suficientemente recuperado ya para deslumbrar de nuevo al espectador con sus facultades interpretativas, el actor argentino vuelve ahora a meterse en la piel del que será, con toda probabilidad, uno de los grandes personajes de su carrera: un autor teatral que decide escribir y montar una obra con el único objetivo de homenajear a su madre, ya muerta, y poder recrear en la ficción la relación que tuvo con ella.
    El escritor y pensador canadiense Michel Tremblay firma una obra diver¬tida y emotiva a partes iguales que, lejos de lo que a priori pudiera suponerse, no basa su desarrollo dramático en el esti¬ramiento de las inevitables situaciones trágicas y afectivas, sino en la fidedigna y lógica evolución de una relación mater¬no-filial que se nutre de cotidianidad y de interacción sostenida.
    Tremblay crea dos personajes, muy bien leídos por el director Manuel González Gil, que son la madre y el hijo por anto¬nomasia. Y, en aras de esa universalidad, el autor teje una trama tan sencilla como impecable, en la que demuestra un domi¬nio técnico en la construcción de los diá¬logos, en la dosificación de los afectos y en la belleza de las reflexiones. Solá, como si fuera coser y cantar, interpreta el per¬sonaje del autor, en una concatenación de escenas sin apenas transición, cuan¬do es niño, cuando es adolescente y cuan¬do es adulto. Verlo es una maravilla. Blanca Oteyza, por su parte, logra inte¬grar admirablemente en su personaje todas las particularidades que definen a cada una de las madres que existen.
    El resultado que podemos disfrutar es una memorable función donde todos los espectadores -y son muchos los que aba¬rrotan la sala cada día-, sean de la con¬dición social que sean y tengan la edad que tengan, ríen, lloran y se emocionan profundamente; porque todos, de algu¬na manera, se ven esa noche subidos al escenario. Raúl Losánez. LA GACETA. Calificación: * * * * *

  3. Jorge

    1 diciembre 2010 13:41

    La obra ideada y escrita por Michael Tremblay, dirigida por Manuel González Gil e interpretada por Blanca Oteyza y Miguel Ángel Solá se convierte en un elogio y una alabanza a la suma de esfuerzos, luchas, sufrimientos, penas y como no, alegrías y satisfacciones que jalonan la vida de cualquier familia, basándose en la especial relación entre un hijo y su madre.
    Por el placer de volver a verla es una obra especial. En ella el tiempo escénico y los minutos se transforman, se transmutan en una experiencia de los sentimientos a flor de piel. En poco más de hora y media seremos testigos de algunos de los momentos y en los que se basó, desde su infancia, la vida familiar de Miguel, un afamado autor y director teatral, en la que la figura predominante no es otra que la de su madre, muerta a una edad temprana.
    La alabanza de Tremblay se entiende al poco de empezar la función. La figura maternal presente en la obra ha marcado, desde bien pronto, la vida, el amor, el trabajo y el futuro de Miguel, gracias a la relación especial establecida entre los dos miembros de la familia.
    Y no es más que una personificación teatral de algo que está presente en todas (o eso es de esperar) las familias del mundo. Es la figura de la madre la que marca el inicio (y las restantes etapas) de la vida de cualquier hijo. Las preocupaciones, desvelos, maquinaciones e intenciones de una madre en relación a sus hijos, a sus queridos hijos. Es este sentimiento, esta relación, este amor el que transpira a lo largo de toda la obra.
    A través de diferentes escenas traídas al escenario por medio de la memoria, y por lo tanto, incompletas y selectivas, veremos los vínculos familiares desgranados entre Miguel y su madre. Desde las primeras “broncas” y castigos infantiles y merecidos, a la propia enseñanza literaria que esta madre ofrece a su hijo; desde las polémicas literarias y vitales a las idas y vueltas al teatro; desde el distanciamiento juvenil a las discusiones familiares y como no, al planteamiento de la muerte y del futuro.
    La obra apela a la figura de la madre, de cualquier madre, y al sentimiento. No es extraño vincular cada una de las escenas a la propia vida de los espectadores. Por el placer de volver a verla se convierte así en un catalizador emocional en el cual el público puede salir de sí mismo y viajar, trasladarse al pasado, al presente y recordar y revivir su propia experiencia familiar y maternal y emocionarse con ella.
    Todo esto esta dispuesto en escena de forma elegante. Un escenario casi vacío nos obliga a fijar nuestra atención en los personajes y en la relación que se establece entre ellos. Tan sólo unas piezas cubiculares casi inmateriales y el mínimo atrezzo posible permiten al director y a los actores centrar el discurso y simular el efecto de la memoria, en la cual personas y recuerdos están enmarcados en una niebla física que lo delimita y concentra todo. Los juegos de luces de una gran pantalla le acaban de dar al escenario un toque de ensueño e irrealidad perfecta, la única luminosidad válida para alumbrar algo tan importante como el recuerdo de una madre.
    Blanca Oteyza y Miguel Ángel Solá interpretan a los únicos personajes de la obra a través de las diferentes etapas y edades a las que el tiempo nos obliga a todos a transitar. Oteyza personifica a la madre perfecta (como el recuerdo de cualquier madre obliga a recordar), un personaje luchador, convincente, dialogador, amante de la vida y de la cultura, sobre todo de la literatura (de segunda fila) y del teatro, pero aún más de su familia. Una Oteyza espléndida, como cualquier madre. Por su parte Miguel Ángel Solá da vida a uno de sus hijos, Miguel, que pasará, como cualquiera de nosotros, por todas las etapas vitales, emocionales y formativas, en las que su madre jugará un papel muy importante. En su interpretación, y como no podía ser de otra forma, Solá se reduce, se hace pequeño, para poder homenajear a la verdadera protagonista de la obra y de la vida de todos nosotros, y proporcionarle toda la atención posible.
    Un lujo emocional.
    La excepcionalidad sentimental de la obra me obliga a comentar una última cosa: el impacto que este estreno ha tenido en la propia web. Aunque la información en http://www.indienauta.com está abierta a los comentarios de los usuarios, son muy pocas las veces en las cuales estos hacen un uso masivo de esta posibilidad. Una de estas ocasiones se ha producido con Por el placer de volver a verla, en la que no sólo se han sumado 39 comentarios a la información de la obra (a día de hoy), sino que si alguien se detiene a leerlos, observará las alabanzas de cada uno y todos ellos sobre la obra. Un caso excepcional que debe de ser un motivo más para obligar a quienquiera que lo lea a salir de casa y dirigirse al teatro.

  4. Maga

    1 diciembre 2010 14:07

    “Lo que no supimos decir nos dolerá eternamente y sólo el valor de un corazón abierto podrálibrarnos de esta congoja. Nuestros encuentros en la vida don un momento fugaz que debemos aprovechar con la verdad de la palabra y la sutileza de los sentimientos” (Escrito por Susana Tamaro en ‘Donde el corazón te lleve’) Supongo que Tremblay quiere contarnos eso mismo con su obra, magnífica, inteligente, tierna, clara y bonita como pocas. Maggie has hecho una crítica sutil y llena de cariño incondicional. Bravo por la página. Mi enhorabuena. Maga.

  5. Alicia

    2 diciembre 2010 15:00

    Hola, quería transmitir al Teatro Amaya y por supuesto a los actores Miguel Ángel
    Solá y Blanca Oteyza mis felicitaciones por el resultado de la obra teatral
    Por el placer de volver a verla. He tenido la suerte de llegar a verla en octubre gracias a que la volvisteis a representar y voy a tener la suerte de experimentar el placer de volver a verla y a verlos porque alargáis la representación hasta enero. Hay pocas cosas en la vida que te den tal sabor de boca como una buena obra de teatro, una buenísima interpretación y un mensaje hermoso y simplemente vital, como el de dicha obra: “alguien es único cuando crea en el otro el placer de volver a verle”. Gracias por poner voz, gestos y espíritu a los personajes que durante una hora y media me han hecho, sencillamente, feliz. Saludos, Alicia.

  6. Fernanda

    13 diciembre 2010 16:54

    EL AIRE LIBRE DEL GRAN TEATRO.
    Hay días en los que la calle es una encerrona y hay que salir de ella para encontrar el aire libre. El pasado fin de semana fue el ejemplo perfecto de lo que digo y poner un pie en la calle era meter la mano en un avispero, con la algarabía, el gentío, con la profusión y confusión de banderas, de convicciones, ilusiones, falsetes, con la falta de horizonte (la masa no es transparente)… En fin, no era fácil encontrar entre las muchedumbres dueñas de la calle un agujero por el que salir de ella, una puerta hacia la singularidad, una silla, digamos, desde la que ver o paladear una idea, un sentimiento que no estuviera reblandecido por la salivación de políticos y/o embaucadores.
    De mí puedo decir que la encontré el sábado, pero podría haber sido también el domingo. Me refiero a la puerta para salir de la atestada calle y encontrar el aire libre. Era la puerta del Teatro Borràs, donde se representa una obra de título imbatible: “Por el placer de volver a verla”. Frente a la aglomeración de fuera, allí, en la escena, sólo había dos personas, él y ella, pero no necesitaron más que unos cuántos minutos para multiplicar por cien la autenticidad, la idea, el sentimiento y el vínculo con el meollo con el ser humano, que no es, precisamente, algo que pueda ser envuelto un día o dos, o más, en una bandera, sea bicolor, tricolor, de barras, con o sin estrellas…
    Una vez allí, e el teatro, el actor Miguel Ángel Solá consigue reducir toda la complejidad del mundo a algo tan delgado y transmisor como un cordón umbilical: la evocación (quizá, invocación) de la madre, al espíritu, la personalidad, el carácter y la cháchara de quien quiso convertir tus naipes en castillo, una palabrería y una personalidad a las que les da cuerda Blanca Oteyza llevando la escena a ese terreno limpio, aromático, recién horneado de la añoranza. Un prodigio en la escena. Solá, su personaje, empequeñece de nostalgia, mientras que Oteyza, su evocación, crece y florece con el riego aspersor de la melancolía. Decía ayer Solá en una magnífica entrevista que a nadie le gusta ser menos de lo que fue. Lo decía de sí mismo, a propósito de unas rajaduras de tristeza que se le han quedado pegadas en la cara tras sus dos graves accidentes y sus secuelas, pero tal corolario, tal inapelable verdad, tiene su mejor lectura y su mejor versión en el propio placer de verlos en el Teatro Borràs, donde de un modo sencillo, entrañable y fascinante te muestran el camino para comprender y aceptar lo que eres mientras miras con los ojos vueltos a lo que eras.
    Y así, por escapar de la farsa callejera, es como uno fue a caer en el gran teatro.
    Oti Rodríguez Marchante. Barcelona.

  7. Concha Busto y Loquibandia SL Producciones

    17 febrero 2011 9:05

    Estos extractos de las críticas que hemos ido cosechando son parte del legítimo orgullo que despierta un trabajo hecho pensando en el teatro, y creyendo en la necesidad de un público deseoso de acceder y compartir una función destinada a todos, hasta a aquellos que creen que todo lo han visto ya, que el teatro no es capaz de aportarle una nueva sorpresa. Creemos en esta manera de hacer teatro, impongan lo que impongan los tiempos. Pronto estaremos en vuestra ciudad con el deseo de que disfrutéis como nosotros de Por el placer de volver a verla.

    LA DIFÍCIL SENCILLEZ. *El placer, en compañía de la palabra teatral, tiene en Tremblay, en Solá y en Oteyza a tres cumbres.* Pedro Barea. El Correo Vasco de Bilbao.

    DON Y VIRTUD DEL ARTE DE INTERPRETAR. *Hay belleza en la simplicidad cambiante, en las emociones contenidas y hay una belleza emocional en la interpretación en verdad apabullante. Gracias por el inmenso placer de volver a veros.* Javier Villán. El Mundo.

    EL PLACER DEL PÚBLICO. *Un teatro intimista y de sentimientos, con sensibilidad, sencillez y suave humor, que dota a la vida de sentido y deja en el espectador ganas de volver al teatro.* Marc Llorente. Diario Información de Alicante.

    DE PUTA MADRE. *Atenazo el exabrupto coloquial de la protagonista por su definidora síntesis crítica. Excepcional Solá. Extraordinaria Oteyza. Magnífica dirección de González Gil. Una joya deslumbrante.* Martínez Sevilla. El Ideal Gallego.

    OTRA NOCHE EN EL EDÉN. *De nuevo ríe el público y se emociona y comulga con las vidas, historias y sentimientos. Oteyza brilla con una luz especial en esta función, su Nana es un regalo para el público.* Miguel Ayanz. La Razón.

    MAMÁ EN EL PARAÍSO. *Esta bella historia, tan bien contada, bajo una dirección esencialmente cautivadora, nos arrulla, nos compromete, nos arrebata y nos emociona.* Carlos Gil Zamora. Revista Artez.

    EL PLACER FUE MUTUO. *Hacía mucho que no reía y lloraba -casi al mismo tiempo- sentada en la butaca de un teatro. Por una noche ganó el teatro y fue en el Rojas.* Cristina Martínez. La Tribuna de Toledo.

    EMOTIVO VIAJE AUTOBIOGRÁFICO. *Apabullante sencillez estructural, con grandes dosis de humor y ternura. * César López Rosell. El Periódico.

    CALIDAD Y SENSATEZ. *No es una obra para alargar la tarde ni para matar el rato. Es una pieza redonda. Para reír, para llorar, para pensar.* Mikel Bilbao. El Correo Vasco de Vitoria.

    ENTRE LA VERDAD Y LA REALIDAD. *Y por encima de cualquier aspecto del montaje, está el más rotundo y atractivo: la excelente interpretación de dos actores.* Rosana Torres. El País.

    POR EL PLACER DE VOLVER A VERLOS. *Trazos llenos de ternura, de humor, de mimo, de cariño, de melaza, de amor, que dibujan un lienzo acariciador.* Julio Bravo. ABC.

    PALABRAS DE LAS QUE NO SE ESCAPA. *Una rebeldía contra el olvido. Nadie pudo huir de semejante nudo emocional. Llorar, soñar, reír, ¿qué más se le puede pedir al teatro?* Javier Durán. La Provincia.

    EL ARTE DE INTERPRETAR. *Lo magistral de esta obra es que, sin más herramienta que la palabra, anoche, hubo risas, lágrimas y un final sorprendente y de lo más emotivo en el que los sueños entraron en conflicto con la realidad. Pero, sobre todo, hubo interpretación.* Sara Cuesta. La Voz se Galicia.

    MORIRSE ES UNA ESTUPIDEZ. *Solá se mostró enorme, y Oteyza se agrandó en cada escena en la que insuflaba vida a esa madre que fue todas las madres.* Saúl Fernández. La Nueva España de Avilés.

    QUERIDA MAMÁ… *González Gil dirige con pulso sensible esta comedia emocionada y emocionante. Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza se complementan a la perfección y otorgan peso y credibilidad a unos personajes coloreados con el pincel de la nostalgia.* Juan Ignacio García Garzón. ABC.

    ¡MÁGICO TEATRO! *Esta obra aprovecha la magia de un escenario para ir transportando a personajes y público a través de pequeñas y paradójicamente profundas emociones.* Óscar Romero. Diario Sur.

    LAS BUENAS INTENCIONES. *La exquisita dirección de González Gil, teñida de una calidez humana acorde, desemboca en dos grandes interpretaciones. A Solá le sobran tablas. Oteyza roza la perfección.* Santiago Fondevila. La Vanguardia.

    POR EL PLACER DE VERLOS. *Magistralmente interpretada, la función se transforma en un viaje a lo más profundo del corazón humano.* Walter Medina. Y Málaga.

    LA SUTIL DIFERENCIA ENTRE LA VERDAD Y LA REALIDAD. *Blanca Oteyza deja sobre las tablas un perfecto ejemplo de elegancia artística. Solá realiza un trabajo impecable, y es tanta su naturalidad que hace difícil distinguir donde comienza la actuación.* C. D. R. La Crónica de León.

    EL AIRE LIBRE DEL GRAN TEATRO. *De un modo sencillo, entrañable y fascinante te muestran el camino para comprender y aceptar lo que eres mientras miras con los ojos vueltos a lo que eras.* Oti Rodríguez Marchante. ABC.

    POR EL PLACER DE REÍR Y LLORAR. *Una memorable función donde todos los espectadores, sean de la condición social que sean y tengan la edad que tengan, ríen, lloran y se emocionan profundamente; porque todos, de alguna manera, se ven esa noche subidos al escenario.* Raúl Losánez. La Gaceta.

  8. Francisco

    22 marzo 2011 12:43

    Pura vida.
    “Por el placer de volver a verla” es toda una vida, un bolero de madre e hijo, como un corazón escénico que late y bombea sentimiento. Que lanza al espectador a tantos lugares en común, que no hay tregua para la rutina. Porque la vida vivida es el presente encadenado de padres e hijos que serán padres e hijos que serán padres… Y así hasta el final de los tiempos. Sí, pura vida.
    “Por el placer…” es un canto a al encanto del intento. A las frases que nunca se dijeron y que, por ese silencio sobrevenido, son las que de verdad cobran vigencia. Están presentes sin reproches, porque ese espacio en blanco que separa nuestras frases es una parte, igual de importante, del guión pendiente, siempre por escribir, que es la vida.
    En “Por el placer…” hay teatro dentro del teatro, como ejercitado experimento que da la mano al espectador para que intuya, asista, al segundo que precede al momento en que comienza el acto de crear e interpretar. Pero, más que artificio teatral, hay sinceridad, esto es, artefacto teatral. Pocas veces la cuarta pared es tan del público sin perder el respeto esencial a los códigos del teatro. Casi nunca ocurre lo que pasa aquí: que el recurso artístico está al servicio de la historia y de los que la ven.
    Blanca Oteyza pasa como un ciclón cálido que atraviesa la obra como ser reconocible. La madre habla. Ella interpreta lo inolvidable. Lanza al público la pelota de la memoria compartida. Reconstruye en cada butaca lo que algún día pasó para ser siempre presente. El espectador coge ese balón por encantamiento y bota con los recuerdos de los tiempos de la ilusión. El hijo escucha el porvenir.
    La madre e hijo que son Blanca Oteyza y Miguel Ángel Solá reescriben la generosidad mutua que ya pasó y que solo volverá cuando otros vayan sumándose a la obra. Esto es el antes que Gil de Biedma retrató con aquello de: “Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde.”
    Una historia de amor de esas que piden a susurros: reloj no marques las horas. Una historia de amor de madre. Una historia de puta madre.
    F. R. A.

  9. Paco

    20 abril 2011 17:44

    El pasado jueves 2 de marzo asistí en la Sala Trajano de Mérida a una interpretación sublime de Miguel Ángel Solá y de Blanca Oteyza, en la obra “Por el placer de volver a verla” de Michel Tremblay y dirigida por Manuel González Gil.
    Una obra emotiva donde el amor de una madre es el hilo conductor de la obra. Se nos cuenta la relación de un hijo y una madre, Nana, mediante los recuerdos de momentos intensos que nos pasan en la vida.
    La obra busca conmover al espectador y ciertamente lo hace, pasas por momentos de risas, complicidad, emoción y pena, acabas llorando. Una obra que despierta sentimientos, un viaje a lo más profundo el corazón humano. Muy interesante con una interpretación magistral.
    http://www.gabifem.com/2011/03/por-el-placer-de-volver-verla.html

  10. Boanny

    20 abril 2011 17:47

    De pequeño mi madre me enseñó que en esta vida todo merece un esfuerzo, que nada viene por obra o gracia del espíritu santo, que en el futuro serás todo aquello por lo que estés dispuesto a luchar, que la familia es lo único que perdura y que el tiempo arrasa con el resto. Me advirtió que la gente viene y va, que hay que aprovechar el presente y sobretodo, que hay que querer, aprovechar cada momento y entender que los cambios vienen de forma tan intempestiva que apenas te da tiempo a saborearlos. Siempre me ha animado a soñar sin basarme en utopías, a buscar mi camino, luchar por lo que es mío y tener en cuenta que la satisfacción no sólo llega cuando se ha cumplido con las aspiraciones y deseos personales, sino también cuando se ha hecho feliz a los demás. Me ha acompañado durante todo mi proceso de maduración y ya ha advertido que siempre va a estar a mi lado.
    Por eso entiendo a Michel Tremblay, dramaturgo y escritor canadiense que realiza un retrato apasionado de su madre en “Por el placer de volver a verla”, una obra que se representa en el Teatro Amaya de Madrid desde el pasado 24 de Marzo. Voy a intentar contar poco sobre ella puesto que, en este caso, lo más recomendable es ir al teatro a verla y, si ya se ha visto, volver otra vez. Quizás se puede decir que sólo hay dos personajes en escena que se quieren dentro y fuera de las tablas, que hablan durante casi dos horas sobre las relaciones humanas y tienen el atrevimiento de meterse sutilmente en la personalidad y la conciencia del público. Uno de ellos es un escritor que vive prácticamente en la ficción, como tantos de nosotros, para no hacer frente a varias dudas, indefiniciones y a su propio proceso de madurez. El otro es Nana, la mujer más importante de su vida, que lo acompaña durante los diez años que narra la obra con admirable valentía.
    El texto de Tremblay es de una calidad narrativa impagable, explora las noticias que nunca vemos en los medios pero que existen, como la capacidad de soñar, la frustración, el amor y el olvido, a través de un discurso sobrio y definido que consigue que el espectador crezca viendo esta obra. La actriz Blanca Oteyza mantiene una interpretación rigurosa apoyándose en los cambios de vestuario, sus entradas y salidas del escenario y la interpretación exagerada que requiere su carácter. En mi opinión, su mayor mérito radica en haber universalizado su personaje, con el que consigue que se identifiquen todas las madres. Por otra parte, el actor argentino Miguel Ángel Solá pone el teatro a volar por encima del resto de la ciudad metido en la piel del escritor. Rara vez se puede asistir en el teatro al espectáculo de un actor como este, que mediante el contacto visual, los gestos y la voz, desprende un magnetismo que indaga de lleno en las frustraciones y la ambición de los que se sientan en el patio de butacas. Cómo extrañaba apasionarme por algo y dejarme llevar por un torrente interpretativo como este.
    La crítica ha alabado la obra pero también hay un grupo de detractores que argumenta falta de acción, personajes que no evolucionan y que acaban por convertir la representación en repetitiva y perfectamente calibrada. Pero incluso los que hablan de un teatro a medida para las masas reconocen la inaudita habilidad para controlar los sentimientos del público, que se entrega al torrente escénico de sus dos intérpretes. Podría decirse que durante la función Solá hace malabares con las emociones, en esta obra que ha sido calificada de pura inteligencia emocional.
    Domingo 10 de Abril de 2011 18:02 Guillermo Aroca http://www.doze-mag.com/index.php/vortice/577-michel-tremblay

  11. Paco

    23 abril 2011 14:40

    “Por el placer de volver a verla”, una, dos, tres….mil veces
    La magia del teatro vuelve a hacerse realidad en el madrileño Teatro Amaya gracias a Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza.
    El amor de madre (Nana), la admiración del hijo (Miguel) y su relación, desde la infancia hasta la muerte. Ese es el discurso narrativo de “Por el placer de volver a verla”, un camino salpicado de sentimientos universales, sensaciones cotidianas, encuentros y desencuentros, la pérdida, la memoria, la pena, la alegría.
    Todo esto y (por suerte) mucho más es lo que nos ofrece esta expresión máxima de la genialidad del teatro, un regalo mágico gracias a tres inmensurables: Miguel Ángel Solá (el hijo), Blanca Oteyza (la madre) y Manuel González Gil (el director). Una cita ineludible de la que, por ahora, podemos disfrutar en el Teatro Amaya.
    Una puesta en escena sin adornos (seis cubos que operarios convierten, allí mismo sobre el escenario, en un tren, una azotea o un salón… y un ciclorama que maneja el color de las emociones que durante casi dos horas invaden y seducen al espectador); un texto de Michel Tremblay y un único mensaje: el amor, tal vez la única razón que nos permite volver a quien ya no está, sentirlo, abrazarlo, hablarle, susurrarle, demostrarle cuánto nos duele su ausencia.
    Una obra en la que volvemos a disfrutar de la ya sabida maestría de Miguel Ángel Solá, pero en la que, más que nunca, descubrimos a una Blanca Oteyza soberbia, grande. Y una ocasión más de contemplar su complicidad, la que les une en el día a día y la que les ha permitido, con su anterior obra, “El diario de Adán y Eva” robar el corazón a espectadores de aquí y de allá, de este y el otro lado del charco, durante diez años.
    Por el placer de volver a verla
    Una obra que ya lleva dos años por España, haciendo las delicias del público. 18-abril-2011 Mar Cárpena
    “Por el placer de volver a verla”, una, dos, tres….mil veces | Suite101.net http://www.suite101.net/content/por-el-placer-de-volver-a-verla-una-dos-tresmil-veces-a49250#ixzz1KGZKeDeB

  12. Anónimo

    24 abril 2011 22:40

    No us perdeu “Por el placer de volver a verla”!
    La consigna és l’amor en «Por el placer de volver a verla», l’obra de Michel Tremblay, que Miquel Àngel Solà i Blanca Oteyza representen aquesta temporada. Una peça construïda des dels records. Ens retrotrau a un món que passa per la infància del protagonista i ens mostra una mare tendrament melodramàtica, que transmet el seu fill valors que li serviran per a la seva formació i dedicació en la seva vida futura. En aquesta peça no existeix el drama ni el esquinç emocional, sinó la mesura exacta per fer-nos somriure o deixar-nos lliscar una llàgrima de tant en tant. L’actuació de Miguel és una mostra fefaent de la seva professionalitat i experiència ancestral que envaeix la sala amb la seva màgia. Blanca ens encanta amb aquesta mare tendra i comprensiva i dóna mostres de la seva maduresa com a actriu. És un feix de llum que lumina amb energia pròpia. Una obra que recomano especialment, veure-la com un exercici de desintoxicació mental i com un aliment sa per l’ànima. Susana Villafañe. http://www.moncomunicacio.com/arxiu.htm

  13. Maria

    24 abril 2011 22:40

    POR EL PLACER DE VOLVER AL TEATRO. Hacía tiempo que no iba al teatro y ayer acudí, por casualidad y sin ningún tipo de expectativas, a no ser la de pasar el rato, a ver «Por el placer de Volver a Verla». Me regalaron la entrada y la verdad ni me moleste en saber de qué iba, quién actuaba o de que género se trataba. Es más cuando vi el cartel con sólo dos actores, no me hizo mucha gracia, sólo pensé en que las últimas obras que había visto me habían defraudado soberanamente. El reencuentro con este medio no pudo ser mejor. «Por el Placer de Volver a Verla» es una historia de amor, de un grandísimo amor, entre un hijo y su madre. Es una historia sencilla, simple, cotidiana, con trazos de humor y sobre todo, una obra que desde el primer momento te llega al corazón por su ternura y que te emociona. Te emociona mucho y constantemente… Vamos, que ríes pero también lloras, porque consigue que nos identifiquemos con el relato, que reconozcamos las situaciones, que sonriamos con las típicas frases de madres, en fin que compartamos la nostalgia del personaje por su madre, porque en definitiva el éxito de la obra radica precisamente en que nos reconocemos en lo que estamos viendo. Los actores están estupendos, llenando un escenario prácticamente desnudo. «Solá» logra traspasarte al hablar de ella, con sus gestos y su voz una emoción profunda. Le reconozco el mérito, no me gustan las monerías, y en ningún momento se pierde, no se como decirlo, la elegancia. «Oteyza», a la que no conocía, me encantó también, haciendo de madre de la forma más convincente. En fin, dos actores en un escenario desnudo, teatro puro y duro. Finalmente, sólo reseñar que he descubierto un autor, «Michael Tremblay», y espero poder conocer su obra. En definitiva, un fantástico reencuentro con el teatro y deseando repetir el placer. http://mondoxibaro.blogspot.com/

  14. Miguel

    24 abril 2011 23:29

    SENCILLEZ Y AUTENTICIDAD.
    Por el placer de volver a verla nos sumerge en la presencia vital de alguien insustituible, alguien único, presente a lo largo y ancho de nuestra vida, nuestra madre. Nuestra madre en mayúsculas, en términos de relación, más allá del primer grado de consanguinidad. Así Miguel Ángel Solá (quien se muestra magistral en los diferentes cambios de registro, de roles y de edades que interpreta) en el papel de Miguel, nos invita en un escenario vacío, a ser partícipes del discurrir de su vida, jugando a narrar como creador de la obra que presenciamos y a interpretarse a sí mismo desde su más tierna infancia hasta la vida adulta, bajo el paraguas y la presencia de Nana, su madre. Una madre natural, parlanchina, cariñosa, dulce, sabia, disciplinada y exagerada en sus enfados, bien llevada por Blanca Oteyza que imprime el carácter que necesita el personaje. La trama aborda, de esta manera, una serie de escenas entre cotidianas y transcendentes que provocan unos diálogos entrañables, discusiones existencialistas, debates cálidos, que son aprovechados por Miguel y Blanca para crear unas situaciones que no por ingeniosas dejan de tener un sabor cómico a la vez que emotivo, humano y reflexivo. Con un emocionante texto de Michel Tremblay, sencillo y auténtico, sólo dos actores, un ciclorama que aporta un color diferente a cada escena y un atrezzo mínimo se da soporte a unas interpretaciones que logran transmitir sutilmente unas fuertes emociones tanto a través del lenguaje corporal, desarrollado con total naturalidad y credibilidad, como de una proyección vocal que consigue adaptar de forma soberbia la modulación de la voz a cada momento en que se sitúa la escena, ya sea alegre, triste, de abatimiento… La música, suave, y dulce, envuelve el escenario con una sutileza acorde a la ternura de la historia. El espectador no puede abstraerse y dejar de rememorar su infancia, su adolescencia y su madurez con la presencia de cada una de nuestras madres en cada etapa vivida. El resultado final no podría entenderse sin la soberbia dirección de Manuel González Gil que consigue una total empatía entre el espectador y los personajes, como si la cuarta pared no existiese. MIGUEL LOPOTT | Madrid, 24/04/2011 | Cultura. http://www.buscamusica.es/contenido.php?id=1492

  15. pilar

    3 mayo 2011 23:40

    Algo maravilloso, INSUPERABLE. ¡Qué texto, qué actores, cuánta ternura!Algo así hace que te guste el teatro un poco más.Te hace reir, llorar, pensar y reflexionar. La ví en el teatro Amaya en Madrid. Espero que venga a Oviedo para sentir el PLACER DE VOLVER A VERLA.

  16. Mar

    6 mayo 2011 17:33

    Por el placer de volver a verla… Y no me estoy refiriendo al título de la obra de Michel Tremblay que se representa en el Teatro Amaya. Hablo de la sensación que esta obra deja en el público una vez baja el telón. En realidad la pieza teatral no va de nada en concreto y sin embargo trata acerca de una figura esencial para todo ser humano: mamá.
    El planteamiento es muy simple: un hombre que recuerda los momentos más significativos que pasó con su madre. Esta sencillez es la que ha caracterizado a las grandes obras de la Historia: los celos, un amor imposible, el instinto superviviente, la vanidad… La clave de una obra maestra, como dijimos cuando analizábamos Falstaff, nunca está en el qué, sino en el cómo. Y sin duda, Por el placer de volver a verla contiene todos los elementos para no pasar desapercibida en los próximos 300 años.
    No ha habido un solo espectador que haya sido capaz de pensar en algo que no fuera la relación de un hombre, cuyo nombre siquiera es relevante, con su mamá. Con una mamá cualquiera, aunque en este caso sea la suya. Es magistral la manera en que universaliza el carácter de una madre sin pasarse a lo tópico, a lo manido. Solo voy a desvelar un mini-diálogo para que veáis lo que quiero decir. El hijo: “Mamá, tu receta de endivias con bechamel quedaría mejor si tuviera algo más del elemento que le da nombre al plato y menos del que lo adorna” La madre contesta: “¿Hay alguna cosa en 19 años que te parezca que haya hecho bien?”.
    Dramática, exagerada, teatrera e incluso sarcástica como única forma de afrontar la realidad, resulta a la vez humana, protectora y leal. Constante en el apoyo, fiel en el cariño, cansina con la educación… Simplemente mamá. Miguel Ángel Solá interpreta con una versatilidad encomiable a su mismo personaje en distintas edades. Curioso ver cómo un señor de 60 años juega a ser un niño de 11. Asombroso cómo el público se prende en el juego y ve a un nene tratando de zafarse de una mamá enojada que lo reta por alguna travesura sin intención. Blanca Oteyza también interpreta bien a Nana, la madre. Mejora a medida que va avanzando la obra y acaba por convertirse en un personaje entrañable, frágil en su fortaleza y tierno en su inflexibilidad.
    Emotiva, conmovedora, muy bien escrita y mejor dirigida, Por el placer de volver a verla es de esas obras que cualquiera que tenga una mínima sensibilidad artística no puede perderse. Nunca he creído en el día de la madre. Considero que la simple circunscripción del homenaje a una persona, sean enamorados, amigos o hijos, a un solo día es absurdo. Hoy he salido del Teatro Amaya pensando “qué buen regalo para mi madre. Qué forma tan apropiada de decirle que la quiero”. Ya sea para rendirle un pequeño homenaje el próximo 1 de mayo, o simplemente por el placer de hacerla feliz, id a ver con ella esta magnífica obra. Expresadle vuestro amor ayudados por esta obra de teatro y será la más bella de las verdades que podréis regalarle.
    María Cappa. Publicado: 28-04-11. http://onceu.es/tiempo-libre/2968/Por-el-placer-de-volver-a-verla

  17. María Alicia

    27 mayo 2011 11:45

    POR EL PLACER DE VOLVER A VERLA (MADRID, PRIMAVERA EUROPEA 2011)
    Escrita por el canadiense Michel Tremblay y dirigida por el argentino Manuel González Gil, tiene como excluyente reparto al primer actor Miguel Ángel Solá y a Blanca Oteyza encarnando a ese primordial sujeto tácito que da título a la obra.

    Sorprende que un hombre que ya cumplió sesenta años pueda convencerme, desde los primeros minutos, que puede ser un niño de once años y que su actuación no roce el ridículo, ni mucho menos. Solá lo consigue, y no sólo eso sino que podrá, con diferencia de apenas segundos, salir de esa etapa evolutiva y pasar a describirse a él mismo en esa situación, ya en la edad adulta, y todo, con absoluta naturalidad, actuando como si estuviera en el living de su casa frente a algunos amigos, nada más que en este caso lo hará a sala llena en el madrileño Teatro Amaya. En realidad, por momentos, costaba distinguir si era el actor que actuaba, o era Solá contando su propia vida, de tan convincente.

    Vi por primera vez a Solá hace treinta años, en mi Rosario natal, cuando llegó al Teatro El Círculo estelarizando Equus, una pieza que no olvidaré jamás por cumplir con el originario cometido teatral de hacer reflexionar, pero también por la performance de un joven actor que se veía como un astro en ciernes. Muchos años después, presencié en varias oportunidades El diario de Adán y Eva, tanto en Rosario, como así también en Mar del Plata y en Buenos Aires. No debe ser casual que todavía conserve, en vhs, la versión televisiva que se emitiera, por entonces, en un canal de cable. Las actuaciones de Solá me conmovían, me convencían, me movilizaban. Ya como periodista, lo conocí en una entrevista exclusiva que yo hiciera para LT3, en la que me explicó que le daba lo mismo, como actor, hacer de Valdéz Cora que de Salvador Mazza, dos polos extremadamente opuestos como modelos de personas, siempre y cuando pudiera hacer el mejor Valdéz Cora y el mejor Mazza posibles. Respuesta que da un actor de raza, y no una figura de moda.

    Me sorprendió ver que se promocionaba POR EL PLACER DE VOLVER A VERLA como una comedia. A lo sumo, comedia dramática, sino propiamente un drama que, además de ser en sí mismo un homenaje al teatro, exhibe la necesidad de un guionista de elaborar toda una representación teatral para satisfacer su necesidad de reencontrarse, imaginariamente y por lo que dure la obra, con su madre, ese personaje arquetípico y fundante, y que todavía ama intensamente. Asimismo, que se dijera que lo más valioso de la obra es Solá actuando. Puedo afirmar que el texto es bueno e ingenioso, y que la Oteyza alcanzó madurez plena como actriz, para hacer con ductilidad de una madre muy especial (como todas las madres) en sus diferentes momentos, y con una profundidad única en la sabiduría de los que no se formaron en los claustros pero que la tienen clara acerca de qué puede tratarse la vida, aún entre exageraciones y excesos, entre ternura materna y admiración filial.

    De puesta minimalista, con escenografía de ciclorama y utilería desmontable, impecable dirección y actuaciones memorables, Por el placer de volver a verla es una de esas obras para ver en buena compañía y no olvidársela nunca (a la obra).

    No. No se trata de Bernarda Alba, ni del Caballo de Troya ni de Un Tranvía llamado Deseo, como bien advirtiera Miguel al inicio de la función. Es, simplemente teatro del bueno. Del muy bueno. Por si fuera poco, hasta esta noche de Por el placer… sólo Alfredo Alcón había conseguido que el crítico se desbordara y se quedara sin aire por casi una obra entera. En esa categoría ya entró Miguel Ángel Solá.

    Queda poco hasta el próximo 2 de julio, día en el que bajará de cartel del Amaya. Sería imperdonable perdérsela.

    Ernesto Edwards, Madrid, 9/04/11. http://www.fotolog.com/filorocker/46253335

  18. Ma. Eugenia

    9 junio 2011 15:34

    Por el placer de volver a verla, de Michel Tremblay
    Se suele decir que no descubrimos el valor de las cosas hasta que las perdemos. No seré yo quien lo niegue, pero lo cierto es que a menudo, siendo la memoria del ser humano tan frágil, ni siquiera nos damos cuenta del valor de lo que perdimos hasta que lo reencontramos. Ese es mi caso. Tras varios años de olvido me he vuelto a citar últimamente con el teatro, y claro, ahora no consigo recordar por qué le di la espalda tanto tiempo.
    Ya disfruté sobremanera hace unas semanas, cuando asistí a la representación de “Al final del arco iris”, una obra teatral para la que escribí una sucinta entrada en este blog. Posteriormente, he tenido la inmensa suerte de que una buena amiga, incondicional de Miguel Ángel Solá, me sugiriera visitar el teatro Amaya para disfrutar de la actuación del actor argentino en “Por el placer de volver a verla”, pieza teatral escrita por el canadiense Michel Tremblay hace más de una década. Al final, ambos, ella y yo, acabamos la función maravillados, no sólo por el carisma y el buen hacer de Solá, sino también por una magnífica Blanca Oteyza y, en definitiva, por lo que resultó ser una obra de teatro extraordinaria.
    Si el tema principal de la obra prometía que íbamos a vivir una representación interesante, su comienzo vino a anunciar una sorpresa aún más agradable. “Por el placer de volver a verla” muestra la relación de un hijo con su madre a través del recuerdo, pero ya desde las primeras frases se intuye un tema complementario. La obra gira en torno a pequeños momentos compartidos por madre e hijo, pero el sustrato de esos momentos conforma un bello canto a la capacidad de elaborar historias, a la imaginación como fomento del crecimiento y educación de los hijos y, en definitiva, a la ficción y al propio mundo del teatro.
    La memoria siempre miente, dulcifica la realidad vivida y nos muestra una visión falsa pero tal vez necesaria de nuestro pasado. Por ello, quizás, el público no llegará a conocer nunca a la verdadera Nana, oculta aquí tras la mirada embellecedora de su hijo. Pero qué importa. La imagen de la madre que presenta el autor es, a pesar de sus peculiaridades, gratamente identificable. Su preocupación, sus prontos, sus exagerados argumentos le llegan al espectador de la función como un sentimiento querido, en algunos casos por puro reconocimiento familiar. Ese contacto tan íntimo es, seguramente, una de las causas de la enorme emoción que provocan tanto los momentos cómicos como los dramáticos, pues de ambos hay.
    Nana es una fabuladora, y como tal, cría a su hijo en el gusto por la creación de ficciones. Ese argumento da pie a la bipolaridad de la función, que navega entre la relación familiar y la devoción por el teatro, que se ofrece al final como desembocadura de ambos. Solá abre la función como quien improvisa, mencionando a Chéjov, a Bretch y a Lorca, anunciando ya desde el principio que si bien su idea es la de recuperar el recuerdo de su madre, el medio para hacerlo, el teatro, acabará imponiendo su mensaje. Si en el primer acto Nana y su hijo provocan la risa a carcajadas merced a sus ingeniosos diálogos, ella defendiendo sus increíbles historias, él respondiéndola con su precoz sensatez, es la literatura en sí la que se apodera de la parte intermedia de la obra. “Ya que los personajes desaparecen para el público una vez bajado el telón, ¿crees que, desde el otro lado, la gente deja de existir para los personajes?”, reflexiona la madre, abriendo la puerta de la metaficción.
    La conclusión de la obra supone un giro emocional para el espectador de 180 grados. Lo que comenzaron siendo carcajadas se transforman en llantos. Es aconsejable acudir a esta representación con un pañuelo o, al menos, con un paquete de kleenex en el bolsillo, pues las lágrimas afloran a los ojos con facilidad. El fallecimiento de la madre se funde con el trasfondo teatral para mostrar al público la intimidad de la muerte, representada por unos personajes que a estas alturas se han ganado el calificativo de entrañables. “La muerte es una estupidez”, le dice Nana a su hijo, y el patio de butacas llora con ellos.
    Cerrando el capítulo de las alabanzas, es justo no quedarse sólo en la maravillosa actuación de Oteyza y Solá, o en el excelente texto de Tremblay; también es obligado resaltar la dirección de Manuel González Gil y la apuesta por un espacio minimalista, que centra el protagonismo en los dos únicos personajes de la obra. El cambio de lugar de unos bloques de madera, que unos operarios mueven por el escenario mientras Solá simula improvisar su monólogo, van dando el relevo de un pasaje a otro. Un ciclorama situado al fondo aporta la profundidad necesaria a una puesta en escena cuya sencillez busca no distraer la atención de un público centrado en el carácter certero y directo de la actuación. Todo en la obra suma, nada resta, consiguiendo que el acabado final persiga un solo objetivo: la excelencia.
    “Por el placer de volver a verla” es, por todo lo dicho, una obra de teatro absolutamente recomendable. Miércoles 8 de junio de 2011.
    http://literaturaenlostalones.blogspot.com/2011/06/por-el-placer-de-volver-verla-de-michel.html

  19. Arroyo Leyra

    19 junio 2011 1:33

    Esta obra es útil al sentido de la vida, y es más que una comedia tierna y emotiva: es la voluntad de querer más allá de la muerte, es la derrota del tiempo como uso horario, es el estado de gratitud que permanentemente le negamos a la vida, es la luz colándose en los recintos más abandonados de los fundamentos de la vida. Una madre y un hijo hacen la historia del mundo. Quien lea en esta historia la esencia será un espectador feliz, inmune a la enfermedad de los espejos deformantes en los que nos vemos reflejados a diario. Soy terapeuta y creo que esta función vale lo que veinte sesiones de las que, con toda la capacidad que poseo, suelo dar. Arroyo Leyra

  20. Jaime

    26 junio 2011 13:48

    Hay funciones que no deberían irse así como así de nuestras carteleras ni de nuestras vidas. Por el placer de volver a verla me ha hecho una pregunta que aún no logro responderme, pero que me pone en un estado de alerta feliz, y sigue removiendo en mi esto que soy con el alma puesta en lo que he sido y me reubica conmoviéndome. La he visto tres veces y volveré antes de que se vaya definitivamente. Lo siento, diga lo que diga quien sabe o no sabe de esto y sin querer entrar en polémica con nadie: esta función es fundamental para intuir el fin último del teatro. J. A.

  21. lis

    4 julio 2011 0:00

    Ayer tuve la oportunidad de presenciar la representación de la obra teatral “Por el Placer de Volver a Verla”, de Michel Tremblay, en el Teatro Amaya, de Madrid. Esta versión española, obra de la compañía Loquibandia, mezcla, hábilmente y de una forma muy inteligente, el humor y el cariño con la ternura y la tristeza. Sin duda un interesante ensamblaje de sensaciones y emociones simbólicas que tocan la fibra. Dirigida por Manuel González Gil e interpretada por Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza, nos encontramos ante una obra de teatro, dentro del teatro, en la que sus actores están inmensos. Concretamente, el argumento está basado en la historia de un reconocido autor teatral, -también director y actor-, que propone aceptar que “alguien” es único cuando logra despertar en el otro el placer de volver a verle. En este caso, para él, ese alguien es su desaparecida madre, a la que recuerda con cariño. La verdad es que llego tarde para recomendarla, porque justo hoy se baja el último telón. Si alguien está a tiempo de poder ir a verla, que no lo dude. ¡Os animo a que lo hagáis! Espero que tras el verano vuelva a Madrid o gire por el resto de España, ya que es una obra muy interesante. Aunque supongo que será complicado porque ya ha estado en teatros de casi toda España, como, por ejemplo, de Andalucía, Galicia, Canarias, País Vasco, Castilla y León, Castilla-La Mancha, Asturias, Extremadura, Cantabria, Comunidad Valenciana, Murcia, Andalucía, Ceuta, etc. Por lo que si no es así, espero poder deleitarme con la actuación de sus actores en otra representación, próximamente. De hecho, hace varios años también pude ver otra obra de la misma compañía y actores: “El Diario de Adán y Eva”, de Mark Twain. En este caso fue en el Teatro Reina Victoria, de Madrid, “El Diario de Adán y Eva” también estuvo genial y salí con la sensación de que era una obra maestra.
    http://juanmagecolinas.wordpress.com/2011/07/03/por-el-placer-de-volver-a-verla/?utm_source=feedburner&utm_medium=feed&utm_campaign=Feed%3A+juanmagecolinas+%28Plumilla+berciano%29

  22. Pilar y Manuel

    30 septiembre 2011 21:19

    Es increíble lo que puede el talento con nada más que la verdad. Nos encantó.

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