1 noviembre 2026
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Entrevistamos a Martí Perarnau a propósito del último trabajo de Mucho : 'Haciendo este disco me he sentido una especie de disidente sónico'

Mucho: «Haciendo este disco me he sentido una especie de disidente sónico»

Martí Perarnau IV firma en solitario composición, producción y mezcla de ‘¿Puede Martí bajar a jugar?’, un disco hecho entre altavoces rotos y meses de procesado extremo. Hablamos de juegos que se complican, de la IA, de escuchar discos con los ojos cerrados y de un directo como hombre orquesta.

Martí Perarnau IV lleva más de quince años jugando con la música: primero con Mucho como banda, luego como proyecto personal, y en paralelo como productor y compositor para otros, o a medias con Zahara en Juno. El 23 de octubre publicó ¿Puede Martí bajar a jugar? (GOZZ Records), sucesor de ¿Hay alguien en casa? (2019).

Es un disco que nació como experimento de estudio y que nunca pensó que escucharía nadie más. Esa inconsciencia le permitió grabar a través de altavoces estropeados, mover micros por la habitación y soltar canciones como ‘Yo soy español’ sin autocensura.

Nos atendió inmerso en días de promo,  entre llamadas y slots para comer y antes de ir a ver a Fontaines D.C., pero con una claridad que da gusto: sin expectativas comerciales, sin ganas de volver a Madrid y con la idea fija de que la música española puede arriesgar mucho más.

Llevas años sin parar de jugar, aunque esos juegos se van transformando. ¿La música sigue siendo para ti ese juego con el que explorar una creatividad sin límite?

Sí, desde luego. Me gusta que me digas que siempre he estado jugando, porque yo también tengo esa sensación. Pero haciendo este disco sentí justo lo contrario: que no había jugado antes, o que los juegos que me había inventado tenían unas reglas demasiado constreñidas, o eran poco nutritivos para mí. Así que he tenido que inventarme reglas nuevas para un juego más difícil. Me voy haciendo mayor y el nivel tiene que subir para mantenerme entretenido.

Dentro de la música nacional siempre has dado un plus, has ido por delante de la escena, jugueteando con sonidos e instrumentaciones en todos tus proyectos. Has pasado de la Play 5 a la Martí 5, Martí 6…

Eso es. Haciendo este disco me he sentido una especie de disidente sónico. Suena muy flipado, pero hace años que tengo ganas de hacer el sonido y la música de este país un poco más distintos, más especiales. La música española es un mundo muy pequeñito.

Escucho los discos guiris nominados a los Grammy —los de Low con BJ Burton, o ingenieros como Shawn Everett haciendo discos loquísimos con la mismísima Miley Cyrus— y pienso: ostras, los guiris hacen discos mainstream radicales y revolucionarios a nivel de sonido. Aquí no sucede, también porque la industria es mucho más precaria y no tenemos su dinero. Pero creo que hay algo que aportar, tanto en el underground como en la música comercial: intentar que todo sea un poco más arriesgado y revolucionario.

Firmas composición, producción y mezcla. ¿Es la libertad creativa llevada al extremo o es que ya no te fías de nadie?

Me fío de mucha gente. Estas canciones empezaron como un experimento en el estudio para descubrir ciertos misterios, y como nacieron de un sitio muy personal sentí la necesidad de hacerlo solo. Además, no tengo dinero para gastar en estudios y tengo la suerte de tener el mío. Me puse a grabar rooms moviendo los micros por la habitación o grabando a través de un altavoz roto, y vi que eso solo podía hacerlo yo.

Pensé en que mezclara alguno de los mezcladores que me gustan, pero al primer intento me di cuenta de que el disco no se iba a poder mezclar como un disco normal de 2026. No fue una mezcla, sino una producción muy larga hasta llegar al sonido final. Fue un reto personal. Y como me gusta mucho producir y mezclar para otros artistas, pensé que también podría servir de portfolio de mi trabajo.

Es un disco personal, de ideas que han ido tomando forma en espiral y han pasado muchos filtros. ¿Costó decir “hasta aquí”?

Se fue complicando. Tenía el disco casi producido en el ordenador y me di cuenta de que las canciones no transmitían la emoción adecuada. Ahí empezó el viaje de procesado extremo del sonido, que me llevó muchos meses —bueno, años—, y luego la mezcla.

Lo más difícil fue el final: de tanto convivir con las canciones, el oído se acostumbra y pierdes perspectiva. Hacía diez días de trabajo intenso y luego tenía que parar semanas, trabajar en otros proyectos, para recuperar la perspectiva sónica y volver sin perder el norte. Pero es una complicación divertida: resolver misterios en el estudio es lo más divertido del mundo. Si eso supone una travesía por el desierto, la acepto de buen grado.

En el disco aparece ese espíritu eléctrico, oscuro, popero y psicodélico que te ha definido. En la primera canción veo un guiño a ‘Wishing’ de A Flock of Seagulls, y también a Radiohead, Floating Points, Oneohtrix Point Never, Juno… ¿Qué es lo que más te ha influido? ¿Echas de menos algo del Martí de hace veinte años?

No echo nada de menos al joven Martí. El de hace veinte años todavía no sabía hacer canciones: estaba haciendo sus primeras canciones en castellano, se moría de miedo y escribía letras raras porque era muy inseguro.

Lo que sí es verdad es que toda mi vida he sido un friki de escuchar música, y va a más con la edad. Hace poco empecé a hacer sesiones de escucha con los ojos cerrados, discos enteros. Mi influencia más heavy son los últimos discos de Low con BJ Burton: descubrieron un sonido que yo no había escuchado nunca. Me pasaba lo mismo que con los discos antiguos de Radiohead: no saber cómo demonios lo habían hecho. Llegué a meterme en foros extraños donde Burton explicaba algunas técnicas sin desvelar mucho, para descubrirlo en mi imaginación. Esa es la mayor inspiración: intentar averiguar cómo consiguen esos sonidos que me flipan y aplicarlo a mi manera.

Me gusta eso de cerrar los ojos y escuchar un disco entero. Parece que hemos perdido el rumbo: todo es el single, y ya nadie escucha un disco de principio a fin.

Precisamente por eso lo hago: hasta yo, que me encanta la música y me dedico a ello, se me había olvidado. Entiendo que cada vez sea más difícil, porque el sistema pone muy complicado que un ser humano se concentre cuarenta minutos sin hacer nada más. Como abuelo cebolleta lo echo de menos, pero comprendo que la gente no pueda.

No tengo solución para eso; solo puedo seguir haciéndolo yo, porque me hace muy feliz, no es una obligación. Hace poco volví a un disco de Kanye West, el ‘Yeezus‘: como persona me parece detestable, pero como artista ese disco me encantó, y escucharlo con toda esa perspectiva me flipó. Y el otro día lo hice con el nuevo de Fontaines D.C. Es algo que me nutre.

Con el scroll infinito y la pérdida de concentración, ¿qué consejo nos das para escuchar tu nuevo disco de principio a fin?

Cerrar los ojos, aunque sé que es muy difícil. En la listening party del disco pensaba que quizá aquellas treinta personas iban a ser las únicas que lo escucharían de pe a pa sin mirar el móvil. Me sentí súper feliz y agradecido: al menos treinta personas hicieron el ejercicio conmigo.

Y tampoco sabemos cómo escucha la gente. En los aviones veo a mucha gente con música. Sigue habiendo muchísimos melómanos, y lo que provoca la música no lo provocan otras cosas, así que hay que seguir confiando en ella. Quiero creer que llegará un día en que nos cansemos un poco de Instagram y apetezca volver a escuchar un disco. Quizá soy demasiado optimista.

Aquí repartes estopa bien repartida.

Sí, me quedé a gusto. Me han preguntado mucho cómo es posible que haya sacado una canción como ‘Yo soy español’, y es porque fui un inconsciente: nunca pensé que el disco lo fuera a escuchar nadie más que yo. Eso me permitió hacer canciones así sin pensar en el exterior; si no, seguro que me habría autocensurado.

Es un aprendizaje que me llevo: es muy guay hacer música sin pensar en el exterior, porque si no entra rápidamente la censura y te estropea el proceso creativo. Voy a intentar hacerlo más y contárselo a la gente con la que produzca. Que ciertos mensajes vayan a calar y lleguen a gente a la que no llegarían de otra manera son cosas que saco a posteriori. Mientras lo hacía no pensaba en nada de eso; si no, quizá me habría dado miedo.

En una de tus canciones aparecen las máquinas en distintas perspectivas ¿Qué nos espera ante la IA?

Lo de la IA me tiene muy loco, pero yo me refería a las máquinas como a los hombres tóxicos: ese nuevo hombre que quiere funcionar como una máquina y no como un ser humano.

Con la IA tengo una relación muy mala. Siento que la han inventado billonarios para que el capitalismo sea más productivo, para esclavizarnos todavía más. Me la venden para ser más productivo en el estudio, para hacer canciones más rápido. Y resulta que buena parte de las canciones que se suben a Spotify ya las hace la IA, así que los humanos, que ya cobrábamos poco, cobramos todavía menos. No quiero una IA para hacer canciones, para eso ya estamos las personas. Me gustaría una IA que aboliera el trabajo y nos dejara dedicarnos a otras cosas. Pero un billonario de Silicon Valley nunca va a hacer eso. El problema no es la IA, sino los oligarcas del mundo.

Es así: pensamos menos. A un compañero que iba a escribir una crónica le dijeron “eso te lo hace la IA”. Si ya ni siquiera vas a dejar tu flow en tus textos…

En la música he visto maneras de hackear un poco la IA para hacer cosas guays. Me mola mucho separar las canciones por stems, porque abre procesos creativos muy chulos: puedes sacar la batería de Ringo de una canción de los Beatles, amplificarla a través de amplificadores, caer en una madriguera con eso y generar sonidos que quizá no se habían inventado. Pero eso también lleva mucho trabajo. Nunca es usar la IA para no trabajar, sino para descubrir cosas y procesos nuevos.

Si este disco no funciona comercialmente, ¿te va a importar?

No. Una de las claves para poder hacerlo fue abandonar por completo las expectativas que tenía con este proyecto. Vi que intentar vivir de mi proyecto musical me quitaba las ganas de hacer canciones: era una mochila demasiado pesada. No quiero vivir de Mucho. La única manera de hacer canciones de Mucho es ser feliz con ello, y eso implica que no se convierta en una cuestión de supervivencia económica.

Estoy bastante convencido de que no será un éxito comercial, porque sé que es un disco un poco difícil, y no tengo ningún problema. Hay que abrazarlo tal como es. Si hubiera querido que tuviera éxito comercial, no estaríamos escuchando ahora mismo un disco de Mucho.

¿Cómo vas a llevarlo al directo? Siempre tienes alguna idea loca.

Voy a hacerlo yo solo, montando el laboratorio en el escenario, por el mismo motivo por el que hice el disco solo: me parece la continuación más honesta de estas canciones. Todavía no he tocado ninguna, porque nunca han sido tocadas: solo son cosas que sucedieron en el estudio. Tengo que averiguar cómo tocarlas, pero tengo una intuición de qué instrumentos llevar para ser una especie de hombre orquesta loco de 2026, y reinterpretarlas para que suenen eléctricas.

El 10 de marzo de 2027 toco en la Sala Sol, y me hace mucha ilusión porque allí di el primer concierto de mi vida, con dieciséis años. Es como cerrar el círculo. Estar solo en el escenario me pone especialmente nervioso, y allí me siento bastante seguro.

¿Sigues queriendo a Madrid?

Pues no mucho, sinceramente. Las últimas etapas de nuestra relación fueron bastante tóxicas, y ahora cuando vengo no me da mucha alegría. Intento aprovecharlo: como estoy de promo, ayer fui al cine  a ver Digger y hoy voy a ver a Fontaines D.C. Pero para todo lo demás… Madrid me lo ha puesto muy difícil.

Siempre que te he visto en un escenario, con Juno o junto a Zahara, te he visto feliz. Creo que este disco te hace feliz y va a hacer feliz a mucha gente. Así que sigue jugando con nosotros, Martí.

Claro que sí. Muchas gracias por la charla, ha sido un placer.