Hospitality / Hospitality

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Hay discos que simplemente merecen ser escuchados y disfrutados sin otra pretensión que esa, devorados hasta la saciedad sin pensar en clichés ni etiquetas. El ejemplo más notorio de este 2012, hasta el momento, lo cumple el debut de Hospitality, trío de Brooklyn que se presenta ante el mundo con un álbum sin más ambición que hacernos pasar algo más de media hora de gozo sin que, por ello, tenga que pasar necesariamente a los anales del posmodernismo ni suponga una revolución de nada, sino todo lo contrario.

La sorpresa, que podría recordar a la de Real Estate el año pasado, responde a un pop de bella fabricación con la divertida Amber Papini a las voces y la guitarra como estandarte del proyecto, capaz de enamorar sin capas de maquillaje ni exuberancias, sin necesidad de lucir palmito –camisa abotonada, jersey de herencia familiar, pelo recogido– ni levantar controversia alrededor de su figura, fiel representación física del espíritu de la banda.
Hospitality demuestran que el fin justifica los escasos medios y ya han conseguido la unánime aprobación de los medios norteamericanos y anglosajones, tan rebuscados y complejos de entender a veces. El álbum, que fue grabado en tan sólo cuatro días y exhibido a gritos hasta que Merge Records se fijó en él y decidió publicarlo, es de los que cae simpático desde el primer segundo, esforzándose por dar todas las facilidades para nuestro regocijo y encargándose de que ya la primera pasada deje un dulce regusto de felicidad. Sin embargo, lo que bien podría quedarse en un simple disco digerible, se transforma en grandeza con el paso de las escuchas, coqueteando con –y finalmente consiguiendo– entrar en bucle, imperativo e incansable en su tarea de buscar algo más que unos simples minutos por parte del oyente.

Las comparaciones con Belle and Sebastian les ubican, pero en ningún caso les encierran –de hecho, en determinados puentes de determinadas canciones, y aunque parezca una demencia, me vienen los Libertines más melosos a la cabeza–. Porque el de Hospitality es un disco que bien podríamos calificar como redondo, respetando hasta el extremo todos los cánones del pop: preciosas melodías en la voz de ella, limpias y cuidadas guitarras en las composiciones de él –Nathan Michel, afortunado marido de Papini–, y esa alternancia que tanto gusta en Nueva York entre la melancolía otoñal del verano perdido en la juventud (‘Betty Wang’, ‘Sleepover’) y el optimista y divertido realismo de la llegada a la madurez, de que aún queda demasiado bueno por vivir (los hits con mayúsculas ‘Eight Avenue’, ‘Friends Of Friends’ o ‘All Day Today’). Y, al final, parece que lo único que nos quieren transmitir es eso. Que viven dentro de una encantadora –e ingenua– realidad paralela donde, mientras queden melodías, seguirán poniéndole música a las historias de la gran ciudad. Yo, encantado.

 

Una Respuesta

  1. Fernando

    2 marzo 2012 14:26

    Me parece a mí que la imagen de la cantante está igual de pensada que la de Lana del Rey. ¿Y no os recuerda mucho la voz a la de Russian Red?
    El disco la verdad que se deja oír muy bien.
    Qué miedo dan los niños del vídeo de The Libertines, por cierto.

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