Wild Nothing / Nocturne

Si el sello neoyorquino Captured Tracks se ha convertido en una de las más reputadas referencias del panorama alternativo yanqui y anglosajón en sólo cuatro años, es de recibo otorgar parte de culpa a Jack Tatum, chavalín que por aquél entonces apenas superaba la veintena y compositor de unas demos, que valdrían su fichaje, que estaban en clara consonancia con el espíritu que quería implantar el sello: pop lo fi y dreamy respetuoso e influenciado por el pasado y escrito en clave contemporánea. Wild Nothing pronto se convirtió en santo y seña de la casa discográfica con un ‘Gemini’ (2010) que entró por la puerta grande de medios y público, consolidando una escena a la que se sumarían Beach Fossils, Cosmetics, Girls Names o Minks ese mismo año.

Era de esperar, por tanto, que el siempre difícil segundo trabajo de los de Virginia llegase con expectación, máxime cuando su sello lleva todo 2012 rozando la excelencia (DIIV, Heavenly Beat, Craft Spells, Holograms…).

Sin embargo, algunas cosas han cambiado durante el trayecto: si antes Wild Nothing eran el cargado mojito veraniego en la tumbona de una idílica playa, ahora son la melancólica resaca del domingo de otoño, atardecer y hojas caídas por la ventana incluidas. En otras palabras, los chavales han crecido. Una madurez que no ocultaban en su primer adelanto, una ‘Shadow’ reposada y voladiza que se escurre entre acústicas y vientos cargados de morriña y culpabilidad. Y es precisamente en ese paso adelante donde ‘Nocturne’ carece de concreción y encuentra sus mayores virtudes y defectos. Seamos claros, el disco adolece de una canción estrella clara, lo que sería ‘Chinatown’ a ‘Gemini’. Algo que, por otra parte, se hubiese solucionado con la introducción de ‘Nowhere’ –split publicado a principios de año–, mucho más directa y pegajosa que su predecesora y sin perder demasiados litros de su nueva savia por el camino.

De todos modos, y partiendo desde esa premisa, el disco es un gran disco, un salto de trampolín necesario para no caer en la obviedad y el atosigo y un estupendo retrato de todas las facetas de Jack Tatum.
Y es que es también en esa no monotoneidad donde Wild Nothing ganan enteros respecto a un primer disco que quizá peca de algo más plano y monofacético que su hermano mayor. Con la intención ochentera, surfera y dreamy intacta, sí, pero con muchísimo más estilo y menos inocencia. Así lo demuestran en la homónima ‘Nocturne’ o en ‘Midnight Song’, entre punteos certeros y aires de grandilocuencia. Los títulos, de hecho, no pueden ser más concluyentes. A lo largo de todo el disco encontramos un espectro oscuro en el que Jack Tatum no se había prodigado demasiado hasta entonces, pero que, pese a todo, va dilucidándose y tornándose lumínico progresivamente hacia el ecuador del disco: ‘Nocturne’ nace del fango y el reposo y huye hacia la luz.

Es ‘This Chain Won’t Break’ –para servidor la canción más destacada del tracklist– el punto de inflexión, donde hasta Tatum aparca su voz grave para entrar en un tono más agudo y optimista, incluida una letra que no parece hablar de desamor, sino de todo lo contrario (“esta cadena no se romperá por ti”). A partir de ahí, es más el sol que la luna el que baña el disco. Desde la Destroyeriana ‘Disappear Always’ –a la que perdonaremos ese punteo tanto casposo a lo Manic Street Preachers que aparece y desaparece–, pasando por la baleárica ‘Paradise’ –otra muestra de lírica optimista; “el amor es el paraíso”– en la que se vuelven a encontrar con The Cure, hasta llegar a ‘The Blue Dress’, coqueta con el tropicalismo, y ‘Rheya’, llena de sintetizadores que aportan color y refresco.

En definitiva, un disco donde Wild Nothing se mantienen en la cumbre del dream pop de baja fidelidad y superan con creces la prueba de fuego del LP sophomore sin, por ello, dar muestras de haber alcanzado su techo. Tenemos Wild Nothing para rato. Así sea.

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