Crónica de Teatro: “Tío Vania”, por L’Om Imprebís, en el Teatro Zorrilla (Valladolid). Marzo 2012

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DE PERDEDORES Y PERDIDOS

«Me he vuelto un idiota. Mi corazón está dormido, no aspiro a nada, no quiero a nadie». Decepción. Vacío. «Perdí la felicidad pero conservé el orgullo». Resentimiento. «No tengo nada que hacer pero no me importa, solo déjame mirarte». Amor. «¿La locura es el estado natural del hombre? La que está loca es la Tierra que sigue aguantándonos todavía». Desolación. «Hay que vivir, vamos a vivir». Tenacidad. «Espera, espera un poco más y descansaremos».  Esperanza. Resignación.

Y así, hasta decenas de pequeñas teselas del mosaico de vida que pudo presenciar el público que acudió a TÍO VANIA en el Teatro Zorrilla el pasado día 18 de marzo. Un hombre, un hilo de emociones. La convivencia de varios hombres (varones y mujeres, entiéndase la definición genérica: Ser animado racional, varón o mujer), un tapiz tejido por esos cientos de hilos que conforman las interconexiones humanas.

Responsable de este torrente loco de sensaciones… ¿L’om Imprebís? No, Chéjov.

Santiago Sánchez, director de este montaje y alma de la compañía había dicho con motivo de esta adaptación del célebre texto chejoviano que no ha pretendido adaptarlo sino mostrarlo. Dada la fuerza de la originial, la obra del dramaturgo ruso habla por sí misma. Sánchez se sitúa de este modo en la corriente de directores que confían en la categoría superior de los textos clásicos y huyen de artificios escenográficos, de alardes interpretativos, de excesos técnicos o efectos visuales que puedan empañar el discurrir de la acción dramática cuyo peso recae en la interpretación.

Este TÍO VANIA sigue al pie de la letra estos preceptos: sobriedad minimal de la casa de campo decimónica, luz cálida que da consistencia, densidad casi palpable a la atmósfera que envuelve a los actores, a ratos opresiva, por instantes vivaz, intensa en todo momento, con pocas concesiones a recursos técnicos innovadores.

Y el consiguiente catágolo de personajes. El  profesor Serebriakov (Vicente Cuesta) encarna la soberbia nacida de la sabiduría bien aprehendida, solo debilitada por la sombra de la vejez y la enfermedad. Vania (Sandro Cordero, el Calígula del anterior montaje) ejemplifica un complejo armazón de desengaños y frustraciones. María Vassilevna (Carmen Arévalo) es la ausencia de memoria como dolencia pero también, quién sabe, como evasión consciente de la pálida realidad: «Me olvidé de decir que se me olvidan las cosas». La indolente, seductora -la historia fallida de amor con el doctor Astrov la vive sobre el escenario con Carles Montoliu– y desencantada Helena es Rosana Pastor, incorporación reciente de la compañía para este montaje.

Resulta interesante en Chéjov el trazo del carácter de Sonia (Xus Romero) que ejecuta el contrapunto a su tío Vania mostrando la perseverancia ante los obstáculos inevitables, el amor no correspondido, la fe necesaria para esperar una vida mejor pero también la dosis de resignación suficiente para vivir la que toca lo más dignamente posible y ahuyentar la tentación de ponder remedio a la desilusión vital, con el esfuerzo que supone el cambio generado desde dentro.

Se presenta deliciosa Paca Ojea como Marina; ese personaje entrañable suspira cuando observa el desmoronamiento del mundo a su alrededor y clama por el «como Dios manda» y «todo a su hora» que es la esencia de lo maternal, la permamencia a veces imprescindible de la tradición.

Los ‘viejos’ de Imprebís elevan la intensidad interpretativa, aportan la sangre y la garra que el teatro requiere a un montaje que, en conjunto, resulta agradable pero en el que quizás, se echa de menos un poco del riesgo que no han escatimado en su trayectoria de improvisación; recordemos sus memorables sesiones de Musicall con Yllana en el Alfil, por ejemplo. Es verdad que cuentan también con otros espectáculos de peso ajustados a texto ¿Pura adrenalina convertida en agudos gags o fidelidad (excesiva o no, a gustos) a un texto de reconocida entidad? Pensemos que no solo la puesta en escena de figurones clásicos como el ruso Chéjov es un valor seguro aún un siglo y pico después, sino que también lo es la versatilidad de una compañía capaz de mantener la profesionalidad sea cual sea el camino elegido para recorrer en forma de cuadros escénicos ese tramo entre el papel y el espectador.

 

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