Crónica del concierto: Nick Waterhouse en Copérnico. Budweiser Live Circuit. Madrid 2014.

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Ahora que tan de moda se han puesto las clases de swing entre el personal más hipster, deberíamos recuperar la tradición de pinchar algo de R&B y no dejar este tipo de música para la intimidad de cada casa. El mundo sería un lugar mejor si los clubs volvieran a llamarse salas de baile y en algún momento de la noche pudiéramos bailar amarrados algo más allá de una mala canción de reaggeton. Con una sala Copérnico abarrotada tras un sold out más que merecido, el pasado viernes pudimos acercarnos a algo muy parecido: el directo de Nick Waterhouse de la mano de Budweiser Live Circuit, una mezcla de soul y R&B que hizo las delicias de un público bastante variopinto.

Le dio la bienvenida la cantante Nora Norman, que a muchos os sonará por las versiones que sube a su canal de Youtube de grupos tan variados como Bruno Mars o Robyn y su exitazo Dancing on my own. En el corto set que ofreció, acompañada de Red One a la guitarra, pudimos además escuchar algunas canciones de lo que será su primer disco. Nora Norman tiene buena voz, eso es indiscutible, pero el género en el que se mueve conquista a unos corazones demasiado concretos. Soul, sí, pero del de radiofórmula. Quizá por eso gran parte del público seguía poniéndose al día con sus amigos incluso en las primeras filas, con el ansia de ver aparecer al de California.

La banda, que podría haber salido de cualquier club de los años 50, con algunas referencias en el estilismo a Austin Powers, tomó posiciones y con la elegancia que caracteriza al género comenzaron con High Tiding, el mismo corte que abre Holly, su último disco. Nick Waterhouse y los suyos nos daban así la bienvenida con algún problema en los monitores que seguiría hasta la mitad del concierto.

El ambiente siguió caldeándose con Ain’t There Something That Money Can’t Buy y Say I Wanna Know, con mitad de la sala enamorándose de los solos a la guitarra de Nick y la otra mitad enamorándose de los contoneos de la corista. Sin embargo aún andaban tímidas las caderas del público, cuyas miradas recorrían el buen hacer de toda la banda y se paraban en los ojos de la ya mencionada corista para ver si eran correspondidas con una sonrisa. La locura vino con los vientos de Dead Room en forma de grito emocionado, con ese par de saxos haciendo las delicias de los que siempre defendemos la siguiente máxima: toda banda mejora con una sección de vientos.

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Bien es sabido que el amor es el protagonista de la mayoría de canciones de la historia, y en este concierto el porcentaje iba a ser representativo. This is a game y I Can Only Give You Everything seguían trayendo memorias románticas a todos los presentes. Y esta última, además, nos dejó con la boca abierta gracias al chorro de voz que demostró tener la corista, que hasta entonces se había limitado a tocar la pandereta y las claves y que ahora demostraba que no cualquiera podría estar ahí.

Llegó el momento de recordar a los colegas, y Nick Waterhouse quiso dedicar Holly a los Allah-Las, a quienes produjo un disco, y versionar justo después It #3 de Ty Segall, incluida también en su último disco. Pero aquí no quedaron las referencias personales. Buscó y preguntó si en el público estaba un tal Jordi, un español que compró un día una de sus primeras maquetas en la tienda de discos en la que curraba Nick y volvió al día siguiente para llevarse veinte y regalarlas a sus amigos. Waterhouse estaba muy agradecido porque dice que, quizá, su carrera musical le debe mucho a este chico. El momento mágico hubiera sido que se encontrara en la sala y que todos pudiéramos haberle dado las gracias por darnos la posibilidad de disfrutar de este grande. Y tras esta anécdota y una canción dedicada a este lugar, Some Place, la banda se despidió antes del bis de rigor.

Un grupo de féminas del público subió al escenario para menearse alrededor de Nick Waterhouse y gritar un ¡arriba Madrid! que pocos celebramos. Aquello no era como cuando Stereo Total o Belle & Sebastian invitan a sus fans a subir al escenario, sino una invasión de adictas a los flequillos. Suerte que apareció el personal de seguridad para permitir que Don’t You Forget It, canción que luego versionarían los Allah-Las, sirviera como la despedida más acertada de esta banda que abandonó el escenario con la misma elegancia con la que llegaron, una característica que para los que estamos más acostumbrados a los conciertos guarros de camisetas de rayas siempre nos llamará la atención.

 

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