Crónica: L’Infedeltà Delusa

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Como cualquier espectáculo en el Calderón, no se veía ni una sola butaca vacía, eso si, para las óperas tampoco se ve un pelo despeinado, ni cabezas menores de 50 años. Una pena, teniendo en cuenta el carácter contemporáneo de la puesta en escena y la propia juventud de los cantantes.
Al abrir el telón nos vemos sorprendidos por un escenario desnudo, sin telón y sin patas donde tan solo hay 4 estructuras dificilmente identificables distribuidas por el escenario, una de ellas es de dos pisos. Esta distribución permitirá jugar con alturas y varias acciones simultáneas.

La música comienza y tras el preludio en el que van entrando los personajes, se encienden las luces y comienza la acción. Con la iluminación, las estructuras cobran sentido y se convierten en distintos espacios, que aunque no completamente definidos, son reconocibles y con múltiples opciones dando lugar a una escenografía original a la par que funcional muy del estilo de las representaciones europeas pero menos visto en España que permanecemos seguidores de la representación clásica.

Las voces de los solistas no son especialmente remarcables, en general, y no tienen demasiado cuerpo, quizá debido a su juventud o quizá tampoco se pueden apreciar bien pues las exigencias vocales de la ópera no son muy altas.

De todas formas, hay una clara focalización en la actuación y en el espectáculo visual sobre el sonoro, (impecable pero no impresionante) que ayuda al propio visionado de la ópera aligerando el peso que ya de por sí conlleva una ópera para el espectador. Siguiendo como he dicho, tendencias más europeas, la acción sobre el escenario es intensa y se evitan los largos momentos de árias dirigidas líricamente hacia el público. Para llenar algunos vacíos, se representan incluso, de manera onírica las ilusiones de ciertos personajes.

Dentro de esta línea se distinguen dos actitudes dentro de la propia obra: el acto primero más dramático, y el acto segundo más cómico. Es en este acto donde Vespina muestra sus habilidades tanto vocales como dramáticas al encarnar a varios personajes y resolviéndolos de forma admirable. También el vestuario toma protagonismo y se nos exhiben los más atemporales y abstractos y simbólicos atuendos que pudieron imaginar.

El resultado de todo esto es un espectáculo contemporáneo, digerible y ligero nacido a partir de una ópera clasicista.

 

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