Muertos de sueño, de Davide Reviati

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PELIGRO F.
Productos inflamables o extremadamente inflamables que según la temperatura y la presión del ambiente pueden inflamarse al contacto con el aire.
Fenol, butadieno, mezcla C4, acrilonitrilo, dicloroetano, etileno, etc.

PELIGRO T.
Productos tóxicos y muy tóxicos en caso de inhalación, ingestión o absorción cutánea, incluso en pequeñas cantidades.
Cloro, amoníaco, tetracloroetano, cloruro de vinilo, acrilonitrilo, etc.

PELIGRO X.
Productos nocivos y productos irritantes.
Monómero acrílico, peróxido de benzoilo, difenilmetano, estirol, etc.

(Muertos de sueño de Davide Reviati, p. 118)

Estos son algunos de los peligros que acechan la vida de los jóvenes protagonistas de este cómic del autor italiano Davide Reviati, que ha sido galardonado con el Premio Attilio Micheluzzi al mejor cómic en la Comicon de Nápoles 2010. Una obra que llega a mis manos precisamente ahora, tras la catástrofe todavía inconclusa de Japón, como una incómoda casualidad de esas que te obligan a hacerte aún más consciente, si cabe, de la magnitud y gravedad de los daños que el hombre ha provocado a la naturaleza a lo largo de su historia.

Muertos de sueño gira en torno a la infancia en una colonia industrial, ANIC (Azienda Nazionale Idrogenazione Combustibili), una petroquímica italiana construida en Roma en 1936; es la historia de un grupo de niños que no tuvo más elección que nacer y vivir en un entorno marcado por los desajustes medioambientales, la enfermedad y la muerte y que apenas tuvo opciones de una vida mejor o que, cuando las tuvo, optó por una postura conformista: “Alguna vez lo he pensado, no digo que no. He pensado en irme. Lejos. Irme de la aldea. Pero son momentos. Y duran poco. El hecho es que no sé volar” (p. 282-283).

A lo largo de sus casi 350 páginas, asistimos al día a día de sus años de juventud, marcados por el juego y las travesuras e impregnado de una atmósfera de miedo, “El miedo a la nada… El miedo a todo” (p. 119), en cierto modo inexplicable para ellos, que poco a poco se va definiendo. En primer lugar a través de la imagen, de las vistas de la ciudad industrial, del “río” por el que se canalizan los residuos, de niños que tapan su boca con una camiseta… y, más adelante, por algunas de las informaciones y comentarios contenidos en el texto: “Esos días descubrimos que nuestro paraíso tenía un precio. El miedo” (p. 109); la pintada “De el pueblo unido camacio ravencido” (p. 141) que se convierte en proclama “El pueblo unido jamás será vencido” (p. 193); incluso, está presente el lema “He tenido un sueño”.

La historia está plagada de elipsis, se construye con anécdotas y situaciones en gran medida inconexas, en algunos casos, demasiado, pero que la asemejan a la memoria y el recuerdo pasados, cuando el tiempo ha hecho mella en ellos. A través de la propuesta gráfica a lápiz, el autor consigue distintas luces y texturas que contribuyen a la creación de una atmósfera que resulta a ratos inquietante, a ratos onírica, y en gran medida marcada por la confusión. Es una especie de mosaico-homenaje en el que también están presentes otros temas fundamentales de la infancia como la amistad, el sentimiento de grupo… Y de él, me quedo con un símil plagado de melancolía, el de la muerte como ausencia injustificada.

Esta novela gráfica ha sido editada en la colección ‘Nómadas’, junto a otros títulos de gran interés en los también se da cuenta de diferentes realidades como Aya de Yopougon de Marguerite Abouet, que gira en torno a la vida de tres amigas del barrio de Yopougon, en Costa de Marfil, y Persépolis de Marjane Satrapi, autobiografía de esta autora iraní nacida en Teherán en 1969 en el seno de una familia progresista.

Fotografía: Andrea Antoni

 

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