Barroco, crónica de la obra de teatro

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BARROCO

de Tomaz Pandur y Darko Lukic

Dirección de Tomaz Pandur
Intérpretes: Blanca Portillo, Asier Etxeandía, Chema León
Coreografía: Nacho Duato
Música original: Silence
Orquesta escuela sinfónica de Madrid
Director musical: José Antonio Montaño

El pasado 18 de octubre asistimos en el teatro Calderón de Valladolid, a uno de los mejores espectáculos que han pasado por dicho recinto en mucho tiempo. “Barroco” de Tomaz Pandur, se estrenó en Madrid de 2007 con gran éxito de público y crítica y muchos estábamos expectantes e inquietos, para que este magno espectáculo se pudiera ver en nuestra ciudad. No nos ha defraudado, más bien al contrario.

El que suscribe ya conocía las virtudes del director Tomaz Pandur; ya en “Inferno” estrenada en el María Guerrero de Madrid en 2005, nos demostró el por qué de su reconocimiento en Europa; por qué es uno de los directores más innovadores y originales del panorama teatral; uno de los enfant terrible de la escena contemporánea, no sólo un director de escena sino un creador de sensaciones.

El espacio escénico es una escenografía corpórea móvil, con unas paredes de hormigón simulando un bunker, que se van moviendo con los actores a modo de danza. Un laberinto gélido (brillante la iluminación) que refleja la soledad de los personajes. La prisión en la que habitan y su incapacidad para la comunicación. Es a la vez el tocador de señoras, donde el juego de la seducción estalla una y otra vez convirtiéndose en una guerra sin cuartel. Es en este salón/refugio donde la marquesa de Merteuill y el vizconde de Valmont, se seducen, se aman, se vilipendian, se retan y se matan de amor/odio. La obra está basada en las “Amistades peligrosas” de Choderlos de Laclos y en “Cuarteto” de Heiner Müller. Aquí es donde más coja está la obra, pues la mezcolanza de estos dos magníficos textos no lleva a buen puerto; aun bien llevado por el navegante, que se esfuerza en unirlos como bisagra, se hace un poco cuesta arriba pues quiere llegar a una conclusión y lo hace al final demasiado forzado. La obra queda como una sucesión de momentos plásticos muy bellos, pero con una laguna dramatúrgica.

Un vestuario espléndido con una mezcla dieciochesca y sado-maso, ayuda y adorna en las composiciones escénicas de los brillantes momentos de danza, recreados por Nacho Duato. La música compuesta por Silence es brillante, manteniendo la tensión de las escenas, estallando con ellas y siendo un elemento esencial en todo el espectáculo. Dos canciones canta Asier Etxeandía muy sentidas y muy bien llevadas por el actor, donde la dificultad de la postura hacía que fuera más sobrecogeodor este momento.

Chema León hacía bien de engranaje en la partitura de Pandur, relatando, describiendo y fotografiando los pasajes vividos por los dos descarnados amantes y advirtiendo al público de los desmanes causados.

Y por supuesto Blanca Portillo y Asier Etxeandía. ¡Qué actores! Dos animales de escena. Blanca está maravillosa, llena de connotaciones, sensual cuando tiene que estarlo y atroz y descarnada en sus momentos más tensos y violentos. Pulcra en el movimiento, cuidando hasta lo enfermizo sus poses. La palabra tiene su importancia pero el lenguaje corporal lo es aún más y Blanca habla y expresa con todo su cuerpo.

Asier Etxeandía nos da, por físico, un vizconde Valmont más joven de lo que tendría que ser, pero que se sobrepone a ello con la madurez de su actuación. Con un maravilloso registro de voz, hace que sigamos hipnotizados todos sus parlamentos, respirando, sufriendo y sintiendo con él. No interpreta su personaje (al igual que Blanca) “ES el personaje” (como decía el personaje central de “El veneno del teatro” de Sirera). Existe un influjo mimético en los actores que han conseguido ser los auténticos protagonistas de lo vivido, causando un verdadero estallido emocional en los privilegiados que hemos asistido, no a esta obra de teatro, sino a esta obra de arte.

Dice el personaje de Blanca Portillo en un susurro perturbador y desgarrado: “¡Ya basta, basta ! ¡Qué echen las cortinas!” Muy lejos de nuestros deseos, que no queríamos que tal sublime ejercicio visual terminara nunca.

Algunas veces el arte se hace realidad.

por Carlos Burguillo

 

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