Crónica concierto Jamie Cullum y Jose James en el festival de Jazz de Vitoria. Julio 2011

Seis años después el eterno adolescente cabalga de nuevo a lomos del éxito en la noche jazzística vitoriana o de cómo Jamie Cullum se mete en el bolsillo a una audiencia enardecida (sobre todo las féminas, para qué negarlo), que llenaba el polideportivo de Mendizorroza y que, ciertamente, iba predispuesta a ello.
Noche vocal en el Festival de Jazz de Vitoria que programó el jueves al inglés junto a Jose James, menos mediático pero muy valorado por la crítica musical; un valor en alza que ha dejado de ser promesa del jazz (no en vano, participó en esa sección del festival alavés) paraconvertirse en una realidad.
Puntual a la cita, Jose James saltó al escenario vitoriano dispuesto a dejar impronta de su calidad vocal, que aúna el susurro del jazz, lo delicado del soul y la raspa callejera. Y lo logró a medias, lastrado por solos e improvisaciones instrumentales estiradas en demasía para tratarse de una estrella emergente del jazz vocal.
Aun así, durante casi hora y media, al calor de su voz se destapó con hip hop arrastrado, drum & bass, gotas de funk de las calles y destacó cuanto más se aproximó al jazz, especialmente en su tributo a su maestro John Coltrane (James dixit) en una versión vocal que juntó su arma, la voz, con variaciones instrumentales que epataron al respetable (menuda fiera el trompetista japonés, histriónico el pianista y comedida la sección rítmica, lo que no fue óbice par el consabido solo de bajo, ayyyyyyyy).
Y para fin de fiesta un “Georgia on my mind” por encima de sus intérpretes, cantado a dúo con Jamie Cullum
y que calentó al personal para lo que se avecinaba.
Y lo que se avecinó se veía venir. Un vendaval sobre el escenario encarnado en un individuo pequeño, con cara de niño, pero que, unas veces a las teclas y, otras micrófono en mano, consiguió levantar de sus asientos al respetable que acabó invadiendo líneas de seguridad, patio de butacas (sillas numeradas) y poniendo de los nervios a los seguratas. Durante dos horas el niño con voz de viejo insufló blues a melodías pop, canalizó el jazz por arterias rock y tejió versiones con su piano (“Come together” de los Beatles). Todo ello aderezado con sentido del espectáculo, recuerdos a su anterior estancia y cantos a los buenos caldos de la tierra. Revisó temas de todos sus discos, les dotó de dinamismo (“I’m all over it”,“Just one of those things”), y consiguió insuflar a las versiones un estilo propio, aunque alguna le quedara pelín descafeinada  (“I’ve got a woman”).
Mantuvo el ritmo y la tensión, con un sentido del show mayúsculo que hizo que el recogimiento propio del jazz saltara por los aires para pesar, seguro, de los amantes clásicos del género, y no es de extrañar.
Y es que saltó desde el piano, correteó por el escenario, botó en un trasunto de pogo atemperado, se bajó a la arena para hacer una mini jam casi desenchufada entre el respetable y terminó el concierto con un intimista “Gran Torino”, guarecido al piano tras la catarsis anterior.
Es lo que tiene programar en festivales de jazz a grupos que mezclan el estilo con elementos ajenos al mismo (pop o rock,…). Que no sabes a qué carta quedarte; desde luego la del jazz es la de menor valor, no por calidad claro, sino ofuscada y perdida en el marasmo estético. Y es que cuando la actitud rock se cuela por la ventana, el jazz se cobija en esquinas oscuras que son las que nos gustan. Y que conste en acta, el bueno de Cullum hizo un concierto fantástico, con sentido del ritmo, derrochando intensidad y complicidad con el público, pero como que se le ve más en otros saraos.

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